A pesar de la incertidumbre que generan hoy en día los festivales veraniegos, el Potaje Gitano de Utrera, el más antiguo de los que componen el calendario estival flamenco, cumplió con la tradición y congregó en el Patio del Colegio Salesiano de la localidad hispalense a casi dos mil personas. El arraigo del evento, la buena organización y sobre todo lo atractivo del cartel sirvió para que la afluencia de público fuese importante en una noche en la que la Hermandad de los Gitanos de Utrera, encargada de plantear dicho festival, quiso homenajear al desaparecido guitarrista Manuel Moreno Junquera ‘Moraíto’.

Media hora después de lo fijado, a eso de las once y diez, Antonio Ortega, impecable en su presentación durante toda la velada, calificó a Morao como “el hombre que llevaba el compás en el bolsillo” al tiempo que lamentó la enorme pérdida sufrida por el flamenco en este 2012, haciendo mención a Enrique de Melchor, Martín Revuelo, Peregil y el expresidente de la Hermandad utrerana Manuel Peña. Asimismo, quiso recordar que en estos días se cumplen 20 años no sólo de la muerte de Camarón, sino también de Perrate de Utrera.

Seguidamente, subieron al escenario Mari Peña y su hermano Jesús de la Frasquita, acompañados a la guitarra por Antonio Moya. No es fácil abrir un festival de estas características ambos cumplieron el trámite. Con esa cadencia tan propia de la tierra, Jesús se arrancó por tientos que remató por tangos, y Mari continuó metiéndose por soleá, un palo que domina y donde se gustó, especialmente por aires de Alcalá.

Fandangos por soleá, “porque aquí metemos por soleá hasta la comida”, apuntó Mari Peña, fue la siguiente estación, en la que ambos se intercalaron las letras. Fue el prólogo a la fiesta por bulerías, en la que sobresalió la sonanta de Antonio Moya donde el cuplé estuvo siempre presente.

A eso de las doce de la noche Aurora Vargas compareció encima del escenario escoltada por Diego Amaya. La cantaora se ciñó a su repertorio habitual, si bien introdujo alguna que otra variante, como pues por ejemplo, añadió a sus clásicas alegrías unas letras por cantiñas. Desde el primer momento, la sevillana se mostró radiante, plena de confianza y con un poderío abrumador.

Eso sí, le tocó luchar contra un público frío y que todavía no se había acabado de entonar. Aun así, brilló por tientos, que remató con ese aire canastero que tan bien utiliza, y se ganó al respetable a base de arrebatos sin micro. Toda una veterana.

Por bulerías, que dedicó a Morao, y perfectamente guiada por la guitarra de Diego Amaya, que conoce como nadie sus movimientos, Aurora encaró su última parte. El público, respetuoso a más no poder durante toda la noche, disfrutó con su entrega y quejío, si bien es verdad que por momentos echamos de menos a una cantaora más pausada. Y es que a veces abusar del cante sin micro o de los replantes hastía. No obstante, su aportación fue subrayable.

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José Mercé y Diego del Morao.

Con la madrugada ya presente, se dio paso a un vídeo en el que se ensalzaba la figura de Moraíto y que sirvió de previo, al igual que las palabras del mantenedor de la noche, Antonio El Pipa, para dar paso a un cuadro netamente jerezano comandado por Diego del Morao, que minutos antes había recogido de manos del alcalde de Utrera y en presencia de sus dos hermanos, Manuel y Teresa, el pertinente reconocimiento a título póstumo a su padre.

Por fiestas y con pleno sabor a Jerez, Fernando Soto, fiel a su estilo, se bastó él solo para recorrer con gracia el mundo del cuplé y para ofrecer otra lección de cómo debe comportarse un artista encima del escenario. El  público lo acogió con entusiasmo. Felipa del Moreno continuó, arropada por las guitarras de Diego del Morao y Fernando de la Mini, con esa particular forma de concebir el cante, José Gálvez el desparpajo y esa versatilidad que atesora cuando se planta sobre las tablas, y Enrique El Zambo puso el compás del Barrio de Santiago. Con poca cosa, Enrique se metió al público en el bolsillo y reivindicó el mejor homenaje a Morao con las pataítas de Carmen Jiménez y Mercedes Pantoja.

Tras servir el clásico potaje con sus frijones, allá por las dos de la madrugada, apareció José Mercé. Al jerezano se le describe con una sola palabra, artista pues lo es desde que comparece sobre el escenario hasta que se va. Con su inseparable Diego del Morao, aleccionó al público por soleá, dando un exhaustivo repaso a diferentes estilos, e incluso se permitió el lujo (la tierra invitaba a ello) a meter un fandango por soleá que fue bien recibido.

Con letras de Manuel Torre comenzó a entonar seguiriyas, un palo que fue introducido por el majestuoso pulgar de Diego del Morao, espléndido en su ejecución, y donde Mercé exhibió otra vez su sentido más profundo del cante. Su último arreón fue por alegrías, impecable, y al cantar por bulerías en la que volvió a demostrar su excelso conocimiento. El público lo despidió en pie y con ganas de querer más.

La velada la cerró esa que llaman la Diosa del baile, es decir, Manuela Carrasco. La veterana bailaora conserva la tradición en su quehacer como demostró una vez más en Utrera. Baila poco, porque complementa su repertorio con las colaboraciones de El Choro y Rafael del Carmen, y con el cante de artistas de pesos pesados como Pepe de Pura, Enrique El Extremeño y un joven Emilio Molina, que se hizo notar con su fina garganta, pero cuando baila el tiempo se detiene. ¡Qué empaque tiene Manuela cuando levanta sus brazos!

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