Desde que Arturo Pavón introdujera la partitura al cante flamenco con su piano , o desde que Lebrijano, Camarón y Morente protagonizaran la conocida ‘revolución’ de este arte en las décadas de los setenta y ochenta, las nuevas generaciones, inquietas por naturaleza, se han ido acercando al flamenco desde una óptica renovada y contemporánea. Es el caso de Samuel Márquez Cortés (Jerez, febrero de 1989), un joven violinista aficionado al flamenco que entiende su modo de vida y de expresión artística como una adaptación de la pureza a los nuevos tiempos. Reconoce que «aunque queda mucho por recorrer, el flamenco es cada vez más abierto y permite que gente como yo nos acerquemos musicalmente».
¿De dónde le viene la afición al violín?
Desde que soy pequeño. Tendría yo unos siete años, mis padres me regalaron un violín de juguete y yo pues me llevaba todo el día tocándolo. Escuché algo de música clásica por casualidad y me propuse aprender a tocar, en casa me decían que era muy difícil y que tendría que estudiar mucho, no me hacían mucho caso, era pequeño. Además, mi hermano por entonces tocaba la guitarra y me quedaba embobado escuchándolo.
Entonces, ¿se fijó antes en el clásico que en el flamenco?
Sí. Concretamente, mi pasión por el violín llegó cuando oí el famoso Canon de Pachelbel. Por entonces me lo tomaba como un juego pero, poco a poco, noté que de verdad me apasionaba. Mis padres me apuntaron al conservatorio como si fueran clases extraescolares y a medida que iban pasando los años, muchos de los que entraron con mi edad se fueron desilusionando y otros, como yo, fui evolucionando. Más tarde me apuntaría a un grado medio y aún estoy liado…
Cómo que está liado… 
Que me quedé en sexto curso de grado medio. Me empezó a salir trabajo en torno al violín flamenco y con la edad que tenía, unos dieciséis años, prefería eso a estudiar. Luego he querido volver y acabar con mis estudios para tener un título que me abale, pero ahí sigo. Son catorce años de carrera y llevo diez.
Habla de violín flamenco… ¿y cómo aprendió a interpretar esta música?
En el conservatorio y en los cursos de grado no suelen prepararte para este tipo de estilos. El aprendizaje gira alrededor del clásico y de ritmos más generales, el aire flamenco debía impregnarlo yo a partir de mis inquietudes. Algo autodidacta, por así decirlo.
¿Quién le dio esa primera oportunidad?
Una vez que iba practicando de manera individual me uní a unos amigos para distraernos tocando música por las tardes. Con uno de ellos compartí escenario en un fin de curso en el que estuvo Rosario Montoya ‘La Reina Gitana’, pianista. Cuando terminó mi actuación vino a saludarme y me dio la enhorabuena. Días después me llamó por teléfono para que la acompañara en uno de sus conciertos, porque su violinista, Sophía Quarenghi, no podía en esa ocasión.
Ahí decidió volcarse en el flamenco y dejar atrás el clásico…
Como dije al principio, yo comencé en el violín escuchando clásico pero viendo que el trabajo que me salía se acercaba más al flamenco pues me volqué, sí. Aunque dependiendo el estado de ánimo, un día me apetece más un estilo y otro día otro.
¿Cree que tiene alguna similitud, siempre hablando del violín, el flamenco con otras músicas?
Sí que tienen, sobre todo con el jazz que es una música más libre, ahí también te puedes expresar de una manera más personal. El flamenco es algo muy personal, o sea, si te gusta, tienes que preocuparte por aprender solo, no hay escuelas en la que puedas adquirir demasiados conocimientos. Por otro lado, yo plasmo en el flamenco la técnica del clásico, esa limpieza en la práctica, la rapidez, lo exacto. Pero el flamenco, como digo, es muy independiente. A veces es mejor aplicar técnicas de la guitarra, como el rasgueo o el trémolo, en el violín para impregnarla de sentimiento y transmisión. En la música folclórica como en verdiales o en jotas de Zaragoza el violín tiene un uso primordial.
El violín aparece en el flamenco a partir de la década de los setenta, ¿a estas alturas cree que ya está completamente integrado?
En absoluto. Hay algunos cantaores que sí se atreven a contar con instrumentos como el violín para algún recital flamenco, pero en la mayoría de los casos lo siguen viendo como un elemento extraño. Por otra parte, las que sí comienzan a utilizarlo mucho son las compañías de baile u obras musicales más dancísticas. Entiendo en parte que no sea un instrumento usual. El violín no debe estar nunca de más, debe acompañar al cante o al baile, pero no es bueno introducir el violín sin un sentido concreto.
A nivel profesional, ¿se puede vivir de esto?
Realmente cuesta bastante. Yo podría vivir de manera más relajada si hubiera querido formar parte de una orquesta, bien sea aquí, en Sevilla o en Málaga… Pero soy un artista que intenta expresar cuando toca el violín, y si no es a través del flamenco me va a costar mucho hacerlo. Por ahora prefiero dedicarme a lo que me gusta. Evidentemente, el violín en el folclore o en el flamenco tiene menos camino que en otro tipo de músicas. Soy un artista que vive el momento, prefiero el arte que la técnica.
Pero la técnica es necesaria ¿no?
Por supuesto. Yo considero que aún no me he puesto a fondo, no es porque no sepa tocar, pero no le dedico todas las horas de estudio que debería. Es importante tener unos conocimientos sobre la técnica musical para después tener unas cualidades que permitan darle la personalidad conveniente a tu música. Las horas que dedicas a practicar nunca van a ser en vano.
Tampoco debe ser fácil darse a conocer…
Eso es algo fundamental. Para que te conozcan en el mundo del violín flamenco tiene que ser pura casualidad. No hay oportunidades para poder demostrar tu música. Hay que tener mucha suerte, como me pasó a mí con Rosario Montoya, para que alguien decida llevarte en un espectáculo. Creo que es cuestión de tiempo que el violín coja más protagonismo en el flamenco. Yo imagino que los que empezaron a tocar la caja o a introducir un piano de cola en un espectáculo tampoco debieron tenerlo fácil.
¿Y qué artistas suelen contar con usted?
Pues algunos hay. Grandes oportunidades no he tenido aún, pero sí que hay una serie de artistas que me suelen llamar para algunos bolos, celebraciones como bodas, misas flamencas… Una buena época son las zambombas. Con María José Santiago o con el Nano de Jerez también he compartido escenario muchas veces. Felipa la del Moreno me suele llamar cuando necesita un violín… Esto es como todo, hay mejores épocas que otras.
¿Y no le parece curioso que siendo Jerez una ciudad tan flamenca haya tan poca gente que apueste por ello?
Eso es una clave fundamental. Lo que ocurre en el violín es que es una música que se mueve mucho por tradiciones y en cuanto al flamenco, hay pocos antecedentes para crear una corriente artística con fuerza. Aquí tenemos a Bernardo Parrilla y poco más. Si tu familia es flamenca y te gusta el violín, probablemente expreses esas inquietudes artísticas en unión, pero si no tienes ninguna cercanía con el flamenco, tu toque de violín tirará más para el clásico.
TEXTO Y FOTOS: JUAN GARRIDO