Pasaban las once de la noche y el numeroso público (dos mil personas aproximadamente) que asistió al LIX Potaje Gitano de Utrera necesitaba que la fiesta comenzara. El cartel bien merecía la expectación creada y el ambiente, aunque excesivamente caluroso, era festivo y jubiloso. El festival más antiguo de los que siguen celebrándose en territorio español cumplía cincuenta y nueve años, y aún mantiene la idiosincrasia propia de los comienzos. El patio de arriba del Colegio Salesianos se prestó, un año más, a recibir a este festival que organiza la Hermandad de los Gitanos de Utrera. Se vivieron más de seis horas de duende puro, sobradas de compás, pero a las que faltó ritmo. Ritmo en el sentido cinematográfico o televisivo, es decir, para cinco artistas que había en el cartel, demasiado tiempo entre transiciones, presentaciones, homenajes y recordatorios, amén de un descanso que apenas sirve para algo ya que la gente consume mientras transcurre el espectáculo, sólo para recibir el tradicional potaje. No olviden que allí, como en otras partes, se estila la colocación de mesas por el largo y ancho del amplio patio. Y entran neveras.

Pastora Galván fue la encargada de abrir plaza. Le costó meterse al público en el bolsillo, pues había muchos que aún estaban pendientes de la cena. Pero si hay hoy día una bailaora capaz de agarrar los sentidos y ponerlo a su disposición, esa es Pastora. La sevillana mostró todo su arsenal en muñecas y pies, primero en la seguiriya, y más tarde en la soleá. Es por tanto una digna representante de su escuela y de su propio apellido, en sus reaños conviven las experiencias creativas con la tradición más rejuvenecida. Pastora se crece al acabar la soleá. Cuando se para, el tiempo queda a su merced. Levanta los brazos y sus manos hacen jirones sobre sí mismas. Su revisión a las bulerías de Triana no hace sino dignificar a un colectivo discriminado por la historia y que resucita cada vez que Galván se coloca las enaguas. Juan José Amador destaca en el atrás de la bailaora. Éxito para Pastora y su grupo. Quien da primero, da dos veces.

La ovación a Pastora dio paso a un cantaor de Chiclana que se posiciona en lo más alto del panorama, con un currículum intachable y con una sensibilidad capaz de salvar almas. Antonio Reyes vino acompañado de la guitarra de Diego Amaya y, ambos, realizaron un recital de corte clásico poniendo en relieve los estilos que identifican a un imperial cantaor. Por soleá, tangos y seguiriya encontramos a un Antonio que sabe lo que hace, con responsabilidad en el hacer y con el objetivo de mantener y crear afición. No es de inventar por inventar. Pero sí le costó desfogarse por mor de un sonido que no estuvo a la altura de un festival tan relevante. Prosiguió por el camino del compás por bulerías, con su voz de dulce, acordándose de Caracol, Luis de la Pica y Pansequito. No quiso despedirse sin hacer unos fandangos, ni tampoco sin contar en el escenario con su esposa y bailaora Patricia Valdés quien, junto a Sophia Quarenghi al violín, y Tate Núñez y Carlos Grilo a las palmas, deleitaron al respetable con una magnífica interpretación de la Niña de Fuego.

Otro plato fuerte, sin contar con la posterior cazuela de frijones que ofrecen como  degustación, era la Niña Pastori. No es la primera vez que pisaba las tablas del Potaje y puso la nota más musical de la noche. Con la inmejorable guitara de Diego del Morao, maestro de maestros a pesar de su edad, vimos a una María más flamenca de lo habitual, la ocasión lo merecía. Fue haciendo un recorrido por muchas de las creaciones que las han hecho triunfar durante su amplia carrera. La popular cañaílla no dejó a nadie indiferente con una capacidad musical de primera que se despidió por bulerías haciendo un guiño a los cantes de la Bernarda, primera vez que sonaba algo que nos situara donde estábamos.

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Tras ella, un largo descanso que enfrió el ambiente. Abrió la segunda mitad el homenaje a Los del Río. Intervinieron las instituciones agradeciendo y elogiando la carrera del dúo de Dos Hermanas. El mantenedor fue el Dr. Juan José López Collantes de Terán. Y ellos, con ese arte y donaire que les caracteriza, cantaron unas sevillanas y una rumba que decía: “Utrera tiene un color especial…»

Como un vendaval llegó Manuel Moreno Maya ‘El Pele’, un auténtico Dalí del cante que, con sus excentricidades propias, se rebusca por Caracol haciendo un verdadero homenaje al cante del maestro. Pocos como él pueden interpretar con tanto sabor los cantes del genio sevillano. Tuvo problemas con el sonido y con los palmeros, llegando incluso a “invitarlos a que se fueran del escenario”. La soleá gozó de salud y personalidad. Magisterio de un señor que palpita más fuerte en cada intervención y que culmina por alegrías, bulerías de Utrera (dedicadas a Manuel Molina y a Curro de Utrera) y hasta un bis por tangos a petición popular. El patio al completo se levantaba por primera vez en toda la noche ante el maestro cordobés.

Para acabar llegó desde Jerez el heredero del eco y la voz de los Méndez. Sobrino de La Paquera, dijo tener “mucha ilusión de formar parte de la historia del Potaje”. Se lo dedicó a Los del Río, a Pansequito y Aurora Vargas, entre el público. Puso la bandera del cante de Jerez sobre las tablas y despertó a toda Utrera con su potente quejido.
Demostró haberse ganado un sitio en la cúspide por méritos propios, no está ahí por su apellido, sino por su lucha diaria y su entrega en cada actuación. El público así lo valoró. Por martinetes, tonás y deblas comenzó para seguir hilvanando su intervención con poderío en las bulerías para escuchar. Seguiriyas y fandangos fueron los siguientes cantes que salieron de su alma. Si bueno es el cantaor, también el guitarrista. Manuel Valencia regaló destellos de genialidad con una técnica precisa y un corazón de fuego, de lo mejor del toque jerezano. Despidió por bulerías, con un compás que no todos tienen, con un talento que pocos aprovechan y con una elegancia que forma parte del artista. Bailaron sus palmeros Carlos Grilo y Manuel Salado poniendo la guinda al festival. Eran más de las cinco de la mañana.

TEXTO Y FOTOS: JUAN GARRIDO