Si por algo este festival ha cumplido su medio siglo de existencia es precisamente por mantener la idiosincrasia propia de sus comienzos. La importancia del artista local supera sin duda al foráneo. Y es que, como ocurre en otras muestras similares, no caen en el error de perder el sabor de lo característico y particular de una localidad que, a pesar de su escasa extensión geográfica, significa cantidad en la historia del flamenco. Muestra de ese valor histórico ha podido conocerse a través de las exposiciones fotográficas de Araceli Pardal y Mario Fuentes Aguilar que aderezan las calles del pueblo en los días previos a la celebración de este espectáculo, ‘Flamencos de Oro’, que bajo la dirección de Pedro María Peña, significó el epílogo de una semana repleta de actividades. Un gran elenco compuso el plantel de artistas, pueden verlo en la ficha técnica.

Centrándonos en el espectáculo en sí, celebrado en la plaza del Hospitalillo el sábado 25, cabe destacar la participación de artistas de suma importancia en el devenir de la evolución del cante lebrijano. Caso de Miguel Funi, Inés Bacán, Pepe Montaraz, Curro Vargas y Juana Vargas. Fueron estos cantaores y cantaoras los que más nos retrotrajeron en el sentimiento a la primera Caracolá. Un inicio fulminante de Pedro María Peña por martinetes y debla sugirió el carácter honorífico de la velada.

Miguel Funi

Miguel Funi

Miguel Funi toreó por bulerías los quejíos lebrijanos que nacieron entre golpes de nudillos en las barras de tabernas. Aquejado de una ciática- o eso dijo- bailó como de costumbre con certeros movimientos en el aire que rompían con la estética actual, llevándonos a un tiempo pasado en el que la personalidad era un elemento primordial en el hacer. Se acordó de Caracol e hilvanó sus cantes con las seguiriyas. Se marchó entre vítores y palmas, pues fue el único artista de los que estaban en cartel que actuó en la primera edición. Antes, un grupo formado por Curro Vargas, que hizo soleá al golpe, Juana Vargas, por bulerías acordándose del Chozas, y el buen baile de José Luis Vidal ‘Lebri’ por cantiñas, daba comienzo a una noche que se hizo larga, muy larga, por mor de la lentitud en la entrega del Caracol de Oro al grupo la Debla, creadores del festival. Entre discursos y discursos, a Inés Bacán le costó la misma vida conectar con un público frío al inicio de la segunda parte. La cantaora, de rojo chillón, dejó destellos de fantasía en sus iniciales soleares, pero sobre todo, en la seguiriya. Elevó sus manos y arrancó del cielo los recuerdos de un ayer tan romántico como sentimental. Nos paramos aquí.

En la primera parte también estuvo el cantaor local Pepe Montaraz, veterano de casi ochenta años que cuenta con una peña flamenca en su pueblo y que demostró soltura, a pesar de su edad, insistimos, en las malagueñas más abandolaos y los tientos tangos que interpretó. El flujo de artistas por el escenario fue constante y sin pausas, pues no tuvieron la culpa de que la noche acabara en madrugada. La juventud estuvo bien representada por Jesús Flores, que cantó para el baile, y dos damas de tronío, Fernanda Carrasco y Anabel Valencia. Ambas pusieron el tono en lo más alto, tienen bastante en común: influencias de la Fernanda y Bernarda de Utrera, poder en la voz, musicalidad… aunque para ser justos y salvando banales comparaciones, la segunda de ellas, que hizo bamberas y bulerías, supo conectar mejor con el público y llenó el escenario de aromas más agradables. Será la experiencia, pero Anabel Valencia sí mostró seguridad y futuro prometedor en el cante lebrijano.

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Concha Vargas en plena actuación

La dueña y señora del baile lebrijano sigue siendo Concha Vargas. Una gitana que araña a los duendes con una cabeza de pelo negro intimidatoria, una mirada canastera, y unos quiebros de vértigo. Por bulerías deleitó y puso la bandera en lo más alto. Su hija Carmen le acompañó a conseguir el éxito que buscaban. La segunda parte, Inés compartió escenario con Dorantes, que hizo, a través de sus notas, acercar el flamenco al jazz, el jazz al blus, y el blus al flamenco. Una música universal que impregnó de sensibilidad a una noche que empezaba a cansar. El público lo recibió como agua de mayo. Y entonces salió José Valencia.

Las más de mil personas que allí se encontraban vibraron y se emocionaron al recordar a Juan Peña ‘El Lebrijano’, cantaor que debía estar en la gala pero al que por problemas de salud le fue imposible asistir. José se acordó de él y, junto a Dorantes, interpretó las Bienaventuranzas que popularizó el genio de Lebrija. Ya en solitario concluyó la noche por seguiriyas y bulerías metiéndose al público en el bolsillo como ningún otro cantaor de la noche. Eran más de las cinco de la mañana, muchos estaban cansados para saborear como mereció el momento.

TEXTO Y FOTOS: JUAN GARRIDO