El Alcázar de Jerez acogió una cita más de los Viernes Flamenco que hasta ahora están teniendo bastante éxito, pues a tenor de la entrada de público y del resultado de las actuaciones se puede hacer un balance positivo. La empresa productora ArteSherry ha sabido confeccionar carteles en los que tanto los más jóvenes, como el baile y el artista consagrado, tienen su cierto tirón en Jerez.

Hacía muchos años que Rocío Parrilla no se subía al escenario del anual ciclo como solista. Lleva una carrera basada en el tesón y la constancia, en la esperanza y la ilusión. Rocío Fernández, de una de las sagas más fructíferas en el flamenco local, supo lidiar con el primer toro de la noche. Por martinetes se rebuscó y, a partir de aquí, pudo verse su lado más aficionado. En ella recaen grandes creadores de cante, por ello no perdió en ningún momento la seriedad en el escenario gustando al respetable a lo largo de la actuación. Siguió por bulerías por solea y fandangos con el buen acompañamiento de Nono Jero, y las palmas de los dos oficiales, Israel López y José Rubichi, y de su padre Gregorio. Acabó su recital por bulerías a las que aportó aires de fiesta con esos bailes tan característicos de los Parrillas y con un magnífico saber hacer. Buenas sensaciones.

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Tras ella salió Maizenita. Cantaor del norte de España que aún deja boquiabierto a quien lo escucha. No ya por su calidad interpretativa, que la tiene y que en un futuro no tan lejano se comprobará aún más, sino por su capacidad de sentir un arte tan racial y saberlo expresar de una manera tan natural. Bien presentado, con traje y corbata, comenzó por bulerías para escuchar para seguir por seguiriyas que, en un tiempo atrás, también hicieron Terremoto y Agujetas. Como puede verse, su universo cantaor gira en torno a los estilos jerezanos, un hecho loable, pues tras este producto hay cientos de horas de estudio y trabajo, kilómetros y sudor, y, por supuesto, talento innato. Fandangos y bulerías fueron los dos estilos para acabar. Estuvo a las órdenes de la sonanta de José Ignacio Franco, impecable en todo momento y siempre manteniendo arriba el compás de Jerez.

El baile de la jornada estuvo bien representado por las muñecas de Esther Aranda. Bailaora de la escuela de Ana María López que dejó los escenarios para subirse sólo en ocasiones contadas. Ahora, está más de lleno en la faceta académica como maestra. Así, su técnica no supera la media pero sí posee naturalidad y flamenquería, dos cualidades básicas para la tarea de transmisión. Lo hizo y bien por bulerías por soleá. Se dejó llevar por los cantes, una vez más, del El Quini y Juanillorro, y la guitarra de Domingo Rubichi. Su cuerpo pequeño dibujó siluetas muy personales, reflejando movimientos dancísticos más añejos. Por bulerías se gustó y disfrutó, y el público valoró con palmas su intervención.

La noche no pudo acabar mejor. El gran Fernando de la Morena puso la nota de color, de calidad, de magisterio. Mejor de la voz que en otras ocasiones, se mostró entregado y absolutamente genial. Como es él. De “este laito de aquí”- señalando al corazón- comenzó por trilla arreando a las bestias, bien metido en el papel. Su repertorio habitual no significó redundante sino aplastante. Dejó al público con ganas de más, con ganas de juerga. Fernando es tan personal, que ni el mismo, haciendo siempre los mismos cantes, los sabe hacer igual de una actuación a otra. Maravilloso. Su soleá arrancó los primeros olés. Domingo Rubichi, otro maestro de la sonanta jerezana, supo transmitir valores de pureza al cantaor. Los fandangos sentaron cátedra, y en la seguiriya, se acordó de su Moraíto, con claros síntomas de tristeza y añoranza. Y en las bulerías paseó la historia del barrio de Santiago por el escenario con no más que compás, soniquete y desparpajo, algo que, o se tiene o no se tiene. Que sea por muchos años.

TEXTO Y FOTOS: JUAN GARRIDO