Una edición que se va. Parece que vivimos una época de cambios, de transformaciones y de pruebas. Siendo tal el calibre de la impopularidad de los eventos flamencos en nuestra ciudad, sobre todo cuando son pagando, parece imposible mantener una estructura habitual, bien sean los Viernes Flamencos o la Fiesta de la Bulería. Cada año surgen cambios, a veces más acertados que otros. Pues esta edición, que ha organizado la empresa privada ArteSherry sí ha sido positiva, aun volviendo al formato clásico. Ha habido buen cante, buen baile y grandes guitarras. Como la de ayer de Juan Manuel Moneo, que realizó un acompañamiento de primera a todos los que pasaron por el escenario cantaor. O la de Manuel Jero, también muy acertado semanas atrás.
Pero lo que si hemos podido apreciar es la falta de personalidad en las nuevas voces que emanan y que, quizás, por falta de valentía torera, no arriesgan en apostar por la naturalidad, y sí por expresar lo que otros entienden que deben expresar. Pero eso es harina de otro costal.

Centrándonos en la última jornada, vimos un cartel con grandes fundamentos para salir exitoso, y el público así lo evidenció en cada una de las intervenciones. El vendaval y la voz fresca de Gema la Cantarota gustaron por alegrías. Realmente sorprendió en la soleá para escuchar, en la que mezcló distintos estilos- sobre todo de su barrio de Santiago- y pudo vérsele un registro más maduro que en otras ocasiones. Señal de que si quiere, puede. Juan Manuel estuvo al quite en todo momento con una gran compenetración, la llevó de la mano durante la actuación con su sonanta plazuelera.  Por bulerías se rebuscó en los aires de Jerez sin caer en exceso en el cuplé, sólo al final, que recurrió al ‘A tu vera’ de Lola Flores dejando el micrófono a un lado y sacando pecho con su deliciosa voz. Sí, porque a la vez que dulce su presencia resulta como un torbellino. Su furia cantaora fue bastante aplaudida.

Momo Fajardo no pudo asistir por “causa mayor”, así lo afirmó Andrés Cañadas, presentador del ciclo. En su lugar estuvo Pedro Garrido ‘Niño de la Fragua’, inspirado y sensible, supo conectar de manera evidente con su público. Al encontrarse rodeado de gente aficionada decidió arrancar por media granaína, hecho que se agradece, pues ha sido la única vez en toda la edición que se ha podido escuchar. La hizo al estilo de Don Antonio Chacón,aunque también la interpretó a final de los años veinte Juan Mojama, dos ilustres cantaores a los que cada vez recurren menos los jóvenes flamencos de nuestra tierra. Siguió por alegrías, empezándola al estilo de Córdoba, y viajando hasta Cádiz para confirmar su estupendo registro sonoro. Con compás, el que pusieron José Rubichi e Israel López, demostró afición y pasión en esos aires gaditanos. Antes de meterse en las bulerías de La Plazuela, se acordó de la fragua de Tío Juane, su abuelo, para romperse por seguiriyas. Gran actuación, señorío cantaor. Juan Manuel iba in crescendo.

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El baile nos lo trajo una mujer de prestigio. A diferencia de las anteriores noches, Soraya Clavijo quiso deleitar al asistente con dos bailes, por seguiriya y soleá acabadas en romances. Con un vestuario impecable, distinto en cada estilo interpretado, no pudo resumir mejor su esencia bailaora. Fuerza, belleza y control. Mujer de raza que no se alargó en ninguno de los estilos dejándonos con la miel en los labios. Estuvo muy bien acompañada por el cante de Rubio de Pruna, quien dio muestras de calidad y portento, Ramón Amador hijo, a la guitarra, y Emilio Castañeda al compás. Soraya demostró ser una de las bailaoras más potentes del panorama flamenco, poseyendo una experimentada trayectoria y nunca dejando de aprender y evolucionar. De lo mejor del baile de este año.

Y para terminar, la voz eterna, la enjundia cantaora, el cielo que se abre, el infierno que te atrapa. Nos pusimos nerviosos, el cierre era de lujo. El eco de la Plazuela se hizo presente y nos trasladó a lo más esencial del cante flamenco, eso, que hoy día casi no queda, la pureza de la raíz. Luis Moneo Lara comenzó su actuación fuerte, por martinetes. Se dejó la garganta ante la estupefacción del gentío. Su hijo Juan, el guitarrista, presentía lo que iba a salir de los reaños del padre. Sonreía. Por soleá aportó quejíos de extrema profundidad y jondura. Sin duda, Luis ha logrado situarse, por méritos propios, como uno de los máximos exponentes del cante de un barrio, el de La Plazuela, y de una ciudad, Jerez. Esa voz tan representativa de una saga prodigiosa se acordó de su sobrino Barullito y de su hermano ‘El Torta’. De la Plazuela, al cielo. Con sus tendenciosas seguiriyas dejó el pabellón de su casta en lo más alto. Su perfecta afinación, en sus tiempos fue guitarrista, denotó magisterio y recorrido. Su lamento apasionado permitió pasar del llanto seguiriyero a la fiesta por bulerías. Juan Manuel, como no podía ser de otra manera, encontró su armonía comunicativa con el cantaor, pues la unión paterno filial resulta inquietantemente parecida en cuanto a estímulos, en el mismo sentir, en un mismo apellido… Una actuación para el recuerdo que ya queda en la historia de los Viernes Flamencos 2015

TEXTO Y FOTOS: JUAN GARRIDO