Jerez sigue siendo ese manantial inagotable que surte al flamenco de las mejores aguas cantaoras, bailaoras y tocaoras. Y con Sevilla mantiene esa relación en la que el respeto está por encima de todo. El amor mutuo por sus escuelas une a ambas localidades en un punto de afición por lo bueno. El Patio de la Montería del Real Alcázar se llenó de público para disfrutar de una noche sin artificios ni disfraces. La terna de cantaores realizó un majestuoso inicio por martinetes y tonás. Antes, dos guitarras de oro caldearon el ambiente por bulerías.

Hablamos de Diego del Morao y Manuel Parrilla, sonantas revolucionarias y renovadoras que han aportado una nueva forma de interpretar la bajañí. En este sentido, el ritmo se ha acelerado y la técnica ha encontrado su lado más rococó, estilo absolutamente refinado a la vez que avanzado, siempre con el sabor jerezano y con la gitanería por bandera, eso sí. Dos columnas que soportan siglos de historia en sus propios genes, sólo hay que fijarse en sus sobrenombres.

El nivel estuvo en su máxima expresión. Juana la del Pipa, artista de artistas, volcó su sapiencia en los tientos y tangos, cuyos quiebros de cintura rizaban el rizo de una cantaora gitana que no conoce la mentira en el duende. Luego, en la soleá, arranco las raíces de su estirpe cantaora con una mirada penetrante y unas manos que intimidan. La puesta en escena fue sencilla, evitando la trasnochada mesa para hacer compás y las arrobas de vinos que en otras veces hemos podido ver encima del escenario.  De la voz de fuego pasamos a la voz de hierro. Porque si Juana te quema por dentro, Dolores te destroza. La hija de Agujetas posee un talento tan evidente que sólo hace falta mirarla y ver su forma de moverse en el escenario, de aplacar el tiempo con sus manos. Su eco fragüero ya dio de sí en los martinetes, y en la seguiriya de Manuel Torre se rebuscó hasta encontrar ese aljibe profundo de su escuela cantaora. Caminó en la pureza por fandangos, también de Manuel, dejándose la piel y el alma, luchando con el cante. Manuel Parrilla la miraba quedándose por encima del cielo. “¡Así se canta!”, se escuchó entre el público.

La voz masculina de la jornada la llevó Jesús Méndez. Cantaor que pasa por su mejor momento artístico y que, por suerte para la afición, ha de hacer dobletes cada fin de semana. Ayer, sin ir más lejos, tuvo que desplazarse a Mairena tras pasar por Sevilla para culminar el Festival de Cante Jondo Antonio Mairena. Con su buena presencia en el escenario el cante jerezano rejuvenece por momentos, actualizándose en lo preciso y mejorando en lo contemporáneo. Así, se defendió por alegrías con aire y compás, fuerza por doquier que nunca queda por encima de su jondura. En Jerez también ha habido cantaores destacados por alegrías, claro ejemplo, Juan Moneo ‘El Torta’. La firmeza de su voz elevó a los altares el cante por soleá. Rebuscándose en varias escuelas, cambió de registro con despuntes brillantes, haciendo un recorrido y denotando afición y maestría. El público así lo percibió. Ané Carrasco lo acompañó por momentos con la percusión.

En el fin de fiesta por bulerías terminaron de gastar los cartuchos. Jesús acordándose de Caracol, magnífica interpretación; Juana bailándose al compás e hiriéndonos por segundo; y Dolores sorprendiendo por sus cantes cortos y festeros, profundos en ejecución. Y hubo baile, el de los palmeros Juan Grande y Juan Diego Valencia, y el de Fernando Jiménez, quien terminó la juerga con una pincelada por bulerías en la que, a pesar del poco tiempo, demostró soltura y espontaneidad, propio del baile genuinamente jerezano, propio de los gitanos de Jerez.

TEXTO: JUAN GARRIDO
IMÁGENES: ANTONIO ACEDO