Si tuviéramos que referirnos a José Carpio Fernández, hijo de ‘El Mijita’, como un agricultor, podríamos decir sin temor a equivocarnos que se encuentra en el momento de la recolecta. ¿Y cómo se llega hasta ese punto en el ámbito flamenco? Pues sembrando con buenas artes y teniendo siempre la intención de que el producto sea de calidad. José, siguiendo en la analogía agrícola, permítanme, debe seguir cultivando y trabajando el terreno, aunque ya se puede decir que los frutos comienzan a nacer. Frutos en forma de trabajo, de recitales, de nuevo disco, de aplausos y de ovación.

Es el cante de raíz y su particular forma de entender el flamenco, lo que le dota de una juventud necesaria, bañada por el sentido común, un sentir impregnado de generación en generación. Con la sonora guitarra de Domingo Rubichi, el menor de los Carpio se estrenó en una peña señera que lucha cada año por llevar a cabo un ciclo de tremendo calado para la afición. Presentado por Pepe Marín, José Mijita fue desgranando en su actuación los melismas de una saga que presentará un nuevo disco, ‘Estripe. De pare a hijos’, el próximo sábado día 17 de octubre en Villamarta. Fue por tanto, un recital que sirve de antesala a la celebración de una de las noches más importantes del artista protagonista.
Lo que sonó en el escenario de la peña de calle Merced tuvo enorme calidad. En José puede verse el proceso evolutivo que ha tenido el cante gitano de su escuela. Sin ir más lejos, se acuerda de Manuel Torres o Agujetas sin dejar de impregnarle a su eco la frescura de lo contemporáneo. Comenzó su noche por tarantas. Más destacado estuvo en los tangos posteriores, tangos que se incluyen en su disco en solitario ‘La Plazuela en estado puro’. Su cante no deja de ser de Jerez, pues, aunque el peso de su perfil recae en el barrio de San Miguel, su genealogía materna proviene de la mismísima calle Nueva. Bulerías para escuchar y cuatro fandangos fueron dos de los cantes que sonaron en la primera parte, con dedicación incluida a su “mare Martínez”.

Tras el descanso, José se introdujo en la soleá, estilo por excelencia de su familia, pero fue en la seguiriya donde consiguió levantar al público de manera flagrante. Pudieron verse algunas lágrimas en los rostros. No quiso despedirse sin aplicar su metal a los martinetes. Con compás, apoyado en las palmas por El Macano y Manuel Salado, Domingo Rubichi comenzó a desatar el ritmo por bulerías. José se creció y culminó un recital que, como decía al principio, muestra la grandeza de la juventud cantaora de nuestra tierra.

TEXTO Y FOTOS: JUAN GARRIDO