Las peñas se convierten en el pulmón de la actividad flamenca del otoño jerezano siendo, estas entidades, las verdaderas culpables de que esta ciudad siga siendo la cuna del flamenco. Y no lo dice quien escribe estas líneas. Esta reflexión se ve refrendada por las opiniones que vierten al respecto los cientos de foráneos que se acercan a la ciudad del vino fino para codearse con el cante más cercano y natural, compartiendo momentos de convivencia sana con los socios de los templos flamencos que se levantan en los barrios más castizos de Jerez.

Entre esos templos se encuentra la Peña Buena Gente. Situada en el maltratado barrio de San Lucas, casco histórico, ha sabido encaminar un proyecto que en principio sería la ‘Ciudad del Flamenco’, fracaso absoluto de nuestras instituciones locales. De ahí quedó la Nave del Aceite. Pues en ese edificio los socios de esta peña han invertido tiempo y dinero provocando así que en tardes como la del sábado podamos disfrutar del mejor flamenco. De la mano de María José Pérez, Lámpara Minera del Festival Internacional de Cantes de las Minas de la Unión 2015, saboreamos los cantes del levante español en los que sabe crecerse e interpretarlos al pie de lo requerido. Y no sólo ahí, también gustaron sus tientos y tangos al estilo de ‘Graná’, como sus alegrías y cantiñas o los resultantes fandangos onubenses. Realizó un gran viaje por la geografía del cante flamenco dando muestras de conocimientos y oficio. Manuel Valencia la acompañó de manera brillante, como siempre suele hacer el del barrio de La Asunción. Aplaudidos fueron en las seguiriyas y soleares. Por bulerías se acordó de Jerez, sin el peso que éstas tienen, teniendo, además, palabras de agradecimiento tanto para la peña como para el público que llenaba el acogedor local.

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El recital en la Buena Gente transcurrió en la tarde. A eso de las ocho y media se subió el telón del Teatro Villamarta para que los Mijita, en la presentación de su disco ‘Estirpe. De pare a hijos’, volcaran su potencial cantaor. Y a las diez y media la Peña Tío José de Paula celebró la segunda cita del XXXI Otoño Flamenco cuyo protagonismo recayó en la figura de la lebrijana Anabel Valencia. Esta voz de melismas gitanos derrochó fuerza y poderío. Será, sin duda, la que lleve la bandera del cante femenino de Lebrija en unos años y, para ello, ha de seguir creciendo a través del estudio y aprendizaje de los estilos flamencos. Ayer, acompañada de la guitarra de Luis Carrasco, a buen nivel durante toda la noche, aportó afición e interés por su trabajo dando ejemplo de responsabilidad cantaora y entrega desinteresada. El público, muy aficionado, aplaudió su inicial soleá apolá. El cante que se acerca a la soleá trianera estuvo sobrado de compás.

Tras ello, se metió de lleno en la seguiriya con una voz tan alta que a veces el micrófono sobraba. Aquí, la vejez le dará más sentido a su cante. Los tientos y tangos nos contagiaron de compás y sabor. Desde luego, es una cantaora que llena el escenario y sabe cómo agarrar la atención del público. Tras el descanso se paseó por alegrías de Cádiz, para pararse en los cantes de verdiales, abandolaos, jaberas… cosechando una gran ovación. Para el jerezano, es de celebrar que se escuchen estilos tan inusuales en los intérpretes locales, más aún en las peñas. Exultantes nos dejó en las bulerías finales en las que tuvo que repetir a petición popular. En Lebrija se canta muy bien por bulerías, también en Utrera, y esas influencias están en el curriculum vital de la cantaora, por ello es justo resaltar la gran aceptación que tuvo su recital, completo y muy flamenco.

TEXTO Y FOTOS: JUAN GARRIDO