Si bien es cierto que muchos cantaores, o cantantes, siguen creyendo que el éxito está en las cifras, aún quedan algunos que prefieren mantener la calidad olvidando en parte a la cantidad. Es por ello que la afición de siempre, la de Jerez, acude en masa a disfrutar de actos que sólo tienen como argumento la grandeza de la expresión cantaora de una estirpe gitana, ‘Los Mijita’. Familia de prestigiosa fama que promulga los valores de la quintaesencia de la cultura andaluza.

Con este espectáculo se trató de poner en escena la grabación de un disco al que han titulado ‘Estirpe. De pare a hijos’, y en el que participan Alfonso Carpio Gallardo ‘Mijita’ y sus hijos Alfonso y José Carpio Fernández. Los tres pusieron toda la vehemencia de su raza, la dulzura de su pueblo, y los sentimientos del trabajo duro. Se hicieron acompañar de guitarras de primer nivel. Si bien tocó José Gálvez por alegrías o fandangos al menor de la saga cantaora, igual lo hizo Antonio Higuero en la ardua tarea de acompañar al patriarca por soleá o bulerías, como del mismo modo, Manuel Parrilla hizo llorar a su sonanta en las seguiriyas que interpretó, de manera soberbia el mayor de los hijos, Alfonso.

También aportaron grandeza las palmas de Manuel Soto ‘El Bo’, Chicharito, José Rubichi y Carlos Grilo. Pero si hubo alguien, sin desmerecer a ningún anteriormente mencionado, que llevaron la bandera de la elegancia escénica esos fueron Bernardo Parrilla, al violín, y José Zarzana, que llenó de aromas de otra época el patio de butacas con la interpretación de una zambra bailada por Carmen Herrera. Esta bailaora derrochó más sentimiento que nunca, quizá porque bailó con dolor dado que acababa de ser operada de un gemelo impidiéndole mostrar toda su técnica. Pero en el flamenco, la técnica vino después que las fatigas, y ahí Carmen estuvo sobrada. Una zambra que cantó José, con una profundidad emocional impropia de alguien tan joven que camina a paso agigantado y que, dicho sea de paso, ha luchado desde hace meses por poner en pie este espectáculo con rigurosidad y profesionalidad. En el escenario lo vimos notablemente sensible y emocionado, pues había cumplido uno de sus sueños: compartir las tablas del Villamarta con su hermano y su padre, como únicos protagonistas.

Hablando de José, lo escuchamos por alegrías, con letra de José Gávez, estilo al que no suele meter mano el cantaor de La Plazuela, pero que da muestras de su evolución profesional. También compartió, en compañía del resto del elenco cantaor, los martinetes del principio, la ronda de fandangos y las bulerías para escuchar. Grandioso.
Y qué decir de Alfonso ‘Mijita Hijo’. Pues que resurgió de manera aplastante dejando al público boquiabierto. Desde esas dos rondas compartidas, hasta la seguiriya a la que ya hemos hecho referencia más arriba. Artista de los pies a la cabeza que vivió una época del flamenco gloriosa y que recorrió parte de Europa con grandes artistas como ‘El Mono’ o ‘Parrilla de Jerez’. Ha irrumpido con fuerzas en la actualidad flamenca dejando alto el nivel del cante gitano. Por bulerías, dedicadas en parte a Juan Moneo ‘El Torta’ o a Don Antonio Chacón, levantó del asiento al respetable que se entregó desde el primer minuto. Este cantaor de raza encantó con su poderío en el escenario.

Pero el patriarca, Mijita, es harina de otro costal. Es la espontaneidad en sí misma, la naturalidad personificada, la maestría nunca olvidada y el magisterio nunca valorado. Alfonso Carpio Gallardo se explayó por bulerías en la que en ningún momento se repitió una letra y se hicieron de estilos ya en desuso. Por soleá, alrededor de una mesa, lo vimos más entonado y mirando fijamente a un teatro que se volcó con su cante. Los cantes de su padre, Alfonso ‘El Berenjeno’, y de su madre, María Gallardo ‘La Chalá’, fueron puestos sobre la mesa con especial regusto. También se acordaron de María Valencia ‘La Martínez’, abuela materna de los dos hermanos Carpio.

La puesta en escena fue sencilla a la par que elegante. Y antes de despedir un completo espectáculo de grandeza y ortodoxia, entró en escena el mediático cantaor Miguel Poveda, que más que cantar, lo que hizo fue disfrutar. Hubo un pequeño fallo de sonido que no fue tan evidente como hicieron ver algunos en el escenario mirando a las bambalinas. Miguel se gustó por bulerías a compás de una mesa acordándose de los cantes de Jerez a los que tanto quiere y admira. Por eso Miguel es grande, por su humildad y generosidad con los compañeros. El fin de fiesta concluyó con un espectáculo de cimientos firmes que se espera pasear por gran parte de la geografía española.

TEXTO: JUAN GARRIDO
FOTOS: PACO BARROSO

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