Podemos decir que este cantaor es de los pocos que reflejan ese ‘Cante Gitano Andaluz’ que tanto defiende el maestro Manuel Morao, nombrado Hijo Predilecto de Jerez el pasado sábado. Es un cante sin ataduras, apenas explicación. Su expresión no es más que la ‘musicalización’ del alma. Sus letras, las que canta e interpreta, dan sentido a la vida del aficionado. No hay más que dejarse llevar y disfrutar, aunque a veces el dolor se hace presente, las duquelas negras de sus ‘soníos’. Este salvaje de lo jondo, Antonio de los Santos ‘Agujetas’, mostró una vez más su pasta cantaora en la Peña la Bulería con motivo de las XXIII Noches de San Telmo.

Aseguró sentirse «como en casa», y por eso, creo que se mostró más valiente que nunca, con menos límites que las últimas veces que lo hemos podido escuchar. Su público, tan fiel como siempre, lo arropó para que Antonio se rebuscara. Nadie se esperaba, de hecho, esa tanda por romeras que se marcó el genio de los Agujetas. Algunos que habían ido la noche anterior al Homenaje a ‘El Torta’ se quedaron en Jerez para disfrutar de este cantaor que ya enmudeció a la Plaza de Toros por martinetes. Miembros de la Peña la Siguiriya, de Valladolid, amigos de Jaén o Málaga, no quisieron perderse la cita.

Contó con su habitual escolta, otro santo de la guitarra, Domingo ‘Rubichi’. Se entienden con sólo mirarse, y se miran para, sobre todo, disfrutar uno del otro. La comunicación se da en el cante y en el toque, en el duende que nace desde las entrañas de Antonio. Por seguiriyas no fue normal, y no es una frase hecha. Se acordó de Manuel Torre, Tomás Pavón y sacó algunas letras de su propia cosecha. Antes ya había enloquecido a sus adeptos por bulerías para escuchar. Esas que duran más de diez minutos.

Sus fandangos están a la altura de muy pocos. Ese «rico quítate el sombrero» caló hondo en la peña de su barrio de San Miguel. Una peña que adquirió una cuarta dimensión en la que Antonio nos hizo introducirnos con su cante. Antonio viajó en los cantes del levante, gustando por tarantas, y endulzando los aromas de la malagueña. Y todavía, sorprendentemente, tenía más fuerzas. Se despidió por bulerías, pero de esas que duelen. No festeras, pero con compás. Esas letras de la Plazuela que en su voz adquieren el nivel de los más grandes de la historia del flamenco.