El primer día del mes de julio vimos como se estrenaba una nueva edición de los Viernes Flamencos, evento que cumple sus cincuenta cumpleaños desde que el maestro Manuel Morao los iniciara en la Plaza de Toros de Jerez allá por 1966, aunque por entonces eran jueves y no viernes, y ahora se celebran en el Alcázar de Jerez tras pasar una larga etapa en el Cine Astoria. Sin duda, se ha intentado conservar una estructura similar a la de aquellos años, en tanto en cuanto, se admite dar valor a los nuevos valores siempre respaldado por una figura de peso dentro del panorama flamenco, así como el espacio ineludible del baile. Pero las cosas han cambiado, y la fórmula no funciona como por entonces.

La dirección de este año recae sobre otra productora, cuyos miembros no han dejado de trabajar para que todo sea un éxito durante estos meses y quienes siguen luchando para salvar esta edición. Como novedad: incluir los viernes de julio. Pero el problema no es de quien organiza porque, aunque siempre se puede hacer un poco más, si la afición no te responde poco se puede hacer. Una afición, la jerezana, que apenas se siente identificada con esta muestra, y es una pena porque hay posibilidades de disfrute con carteles atractivos y a un precio casi regalado (10 euros).

El que no quiso perderse la cita disfrutó, pero sólo en parte. Es una pena tener que decir que los problemas de sonido no cesaron en toda la gala, afectando incluso al resultado de la actuación de Juana la del Pipa, cabeza de cartel. Esta ‘emperaora’ del cante gitano mostró todas sus dotes, porque además la vimos más perfilada en cada cante, pero el público no terminaba de conectar por esos defectos de audio.

Dicho esto, hay que valorar las actuaciones artísticas favorablemente. Selu del Puerto fue el encargado de abrir terreno, y gustó. De forma inteligente defendió sus cantes gaditanos haciendo de ellos grandes interpretaciones y por eso triunfó, a tenor de la respuesta del público. Lo vimos cómodo en las alegrías, más profundo en las malagueñas del Mellizo (bien ejecutadas), y soberbio en los tanguillos dedicados a Chano Lobato, ese guía de las nuevas generaciones. Concluyó por bulerías, con el toque de Niño de la Leo, muy gaditano, acordándose de su vinculación con el barrio jerezano de San Miguel, de donde era “mi abuelo”. Ahí llegaron los problemas de sonido y tuvo que terminar la faena a viva voz. El público lo valoró.

El segundo en salir fue un artista que sigue creciendo en cada actuación, Ezequiel Benítez. Jerezano que desde que publicó ‘Quimeras del tiempo’ no hace más que recoger éxitos, por su buen hacer y su calidad profesional. Realizó algunos temas del disco como los tientos, los fandangos del Pinto, y la soleá. Estuvo magistral, dominando y transmitiendo. Fue José Ignacio Franco el encargado de acompañarlo, como hay que hacerlo. Por bulerías siguió mostrando sus cualidades sonoras y su compromiso con el cante, haciendo gala del compás del Chozas y la Bolola, y hasta algunos fandangos por bulerías. Un paso más de una carrera firme y prodigiosa. Importante y a destacar las palmas de Israel Tubío y de José Peña, buenos escuderos del compás que pusieron la nota de arte en muchos momentos en los que el público se “despistaba”.

El baile, siempre lo más esperado por el público visitante, lo puso Fernando Jiménez. Este jerezano de pro que tiene un
baile con sabor y espontaneidad, tuvo que lidiar con los sentimientos por seguiriyas, acordándose de su abuela Andrea Vargas Pantoja que falleció hace unos días. Esta gitana de Santiago acompañó a su nieto en otras actuaciones celebradas en los Viernes Flamencos de años pretéritos. Bien escoltado por Eva de Rubichi, ya más recuperada de su pierna, y Ana de los Reyes, las palmas de José Rubichi y la guitarra de Domingo Rubichi, dejó alto el listó en las bulerías por soleá en las que se metió al público en el bolsillo, permítaseme la expresión.

Y Juana, esa gitana que todo lo puede, deleitó por soleá, tientos y tangos, fandangos y bulerías. Su voz hiriente, tan valorada por el público aficionado, se metió en nuestro pecho para llenarnos de añoranza. Sus manos cuando se mueven parecen “mariposas blancas”, y su mirada… ¡Qué mirada! Juana la del Pipa es nuestra Madonna, porque sólo las grandes de la música pueden mover las tripas con sólo un quiebro de voz. Sin duda, Juana es una de las más grandes que nos quedan en el flamenco jerezano, una auténtica diosa de lo jondo.