La segunda entrega de estos Viernes Flamencos jerezanos tuvo un color distinto a la sesión inaugural. El sonido no mostró síntomas de precariedad sino todo lo contrario, lograron solventar los problemas de la primera gala. Ahora hay que reconocer el buen nivel del apartado acústico en la noche del viernes. Otro de los aspectos en los que se notó una leve mejoría fue la cantidad de público que asistió, mayor a la anterior cita, unas quinientas personas aproximadamente. En el plano artístico nos enfrentamos a tres cantaores de corte clásico, cada uno de ellos con su particular impronta y categoría, pero tienen un punto en común: la herencia recibida.

La noche comenzaba de manera inusual por el hecho de que fue un cantaor mediático el que abrió cartel, y de sobra es sabido que los que más público meten en un recinto suelen cantar al final, por mor de la expectación. A todo esto, Rancapino Chico inició la gala que rendía honores a Manuel de los Santos ‘Agujetas’, cantaor fallecido y al que se le recordó en algunas ocasiones con una imagen muy acertada del compañero Miguel Ángel González en el fondo del escenario que impactaba con sólo mirarla, además de una pequeña intervención del también compañero José María Castaño sobre la figura del cantaor de La Plazuela. En ese momento subieron al escenario la viuda de Agujetas, Kanako, y Francisco Camas, quien ya aseguró que «se está preparando algo en memoria de Manuel».

El cante de Rancapino nos trajo toda la relevancia histórica de su saga hasta los paladares con el cante por bulerías para escuchar, con mucho aire jerezano, por cierto. Y es lógico, porque la guitarra de Antonio Higuero destacó cuantitativa y cualitativamente en toda la actuación. El chiclanero ha encajado a la perfección a ese perfil festivalero en el que no encuentra apenas problemas para conectar con el público. No pudo olvidarse de la malagueña del Mellizo que tantos éxitos le ha dado a su padre. Seguiriyas y fandangos, con especial encanto del estilo del de ‘La Calzá’. Y por bulerías, con el buen compás de José Peña e Israel Tubío, concluyó su noche en Jerez, porque aún le quedaba actuar en Cádiz una hora después.

Otro de los grandes nombres de la noche fue Tomás Rubichi, nieto del histórico Tío Mingo Rubichi y sobrino de Diego Rubichi y Antonio ‘El Monea’. Tiene un disco en el mercado bajo el título ‘En el nombre de un barrio’, al que acudió en algunos momentos para dar a conocer su producto cantaor. Caso de los aires de Cádiz, con unas alegrías que mantienen gran ritmo. Su voz limpia, clara y humana, desprende timidez. Pero ha de romper, porque tiene todos los mimbres para convertirse en una gran figura del cante de Jerez. Por eso dolió en las seguiriyas, gustó en las bulerías por soleá y sentenció por bulerías. Defiende a su casta y a su cante, esas bulerías que apenas suenan, las que creó su abuelo. Domingo Rubichi estuvo magistral, como de costumbre.

El apartado del baile lo puso Natalia Delmar ‘La Serrata’, quien se hizo acompañar por el cante de Ezequiel Montoya, Farina y Juan Fernández, el toque de David Caro y las palmas de Miguel Rosa. Una bailaora de raza que no tuvo facilidades para sacar producto en el público, quizás porque después del descanso siempre es difícil remontar. Ella se expresó por seguiriyas, de negro tercipelo, y por tarantas acabadas en tangos. Utilizó una silla para presentar un toque distintivo. Esta bailaora de Almería lleva años en Sevilla junto a maestros como La Farruca, con quien ha compartido escenario, y José Galván.

Y llegó Antonio. El hijo de Agujetas. El heredero. El Nuevo Testamento. Antonio de los Santos vale más por lo que calla que por lo que habla, o lo que es lo mismo, vale más por lo que sabe y conoce que por lo que canta, que ya es decir. Resulta tarea difícil oír a un cantaor en dos ocasiones en un mismo mes y que apenas repita letras y repertorio. Está claro que quien tiene el duro es el que lo cambia, y Antonio es rico porque ha sabido mantener el cante bravío y áspero de su padre que no mueve masas, pero conmueve almas. Si bien hizo la seguiriya de Tomás, mejor hizo la de Farrabú. Estrenaba traje azul azafata y dio su corazón. Por bulerías dijo eso de «quién dice que quien canta bien por seguiriyas no sabe cantar por bulerías». Por soleá, malagueñas y fandangos convenció a ese público aficionado que tiene ya el oído hecho, el que no, se fue pronto. No faltó su martinete, carta de presentación. Y Domingo Rubichi encantado, disfrutando y retrotrayéndose a tiempos pasados con un toque clásico. Antonio es la imperfección perfecta.