Podríamos comenzar esta crónica realzando la figura bailaora de María José Franco por su peso en el escenario y por mostrar maestría en el tercer Viernes Flamenco. También sería oportuno conmemorar el impresionante derroche de conocimientos que ofreció Luis Moneo, como patriarca de su casa. Del mismo modo, tendríamos que valorar la nueva figura de la familia que desprende la lectura positiva de la regeneración de un apellido, Moneo, que sigue dando representantes. Así como subrayar la buena noche que tuvo Momo Moneo, cuya evolución cantaora es palpable. Pero si hay algo de lo que no podríamos olvidarnos sería de la labor en el acompañamiento de Juan Manuel Moneo a la guitarra, cuyos sones tuvieron nivel en todo momento de la noche y quien se responsabilizó de la gestión de los tiempos y de dirigir el espectáculo, muy acertado.

La entrada fue como la del viernes pasado, unas quinientas personas. El viento de levante no tuvo tanta fuerza como para manchar una noche en la que los buenos ecos de La Plazuela se subían al escenario para dejar claro que “queda Moneo pa’ rato”. Una familia tan amplia que puede permitirse el lujo de tener dentro de ellas otras casas cantaoras. En la de Luis, ya se encuentran sus dos hijos y su nuera, María José Franco. Fue un viernes distinto, sin seguir la estructura habitual aunque sin alejarse demasiado. La noche se inició con una serie de estilos fragüeros en la voz de Luis, Manuel y Momo Moneo, las palmas de Javi Peña y Carlos Merino, y la guitarra de Juan Manuel. Todo ello para que María José se entregara desde el primer momento, sólo como aperitivo. Acto seguido sonaron bulerías para escuchar en modo de ronda donde intervinieron los cantaores de la noche, con un sabor muy especial, con compás llano y humilde.

El primero en enfrentarse al público de manera solitaria fue Manuel Moneo Carrasco, el menor de la saga y quien despuntó por aires de Cádiz, y tientos tangos. Es sobrino del eterno Juan Moneo ‘El Torta’, y eso se nota en sus influencias. Concluyó su faena por bulerías, con desparpajo y un soniquete muy de San Miguel. El siguiente en salir fue Momo Moneo, quien ya va adquiriendo en su voz buenos y profundos melismas que gustan cada vez más. Por eso fue aplaudido en la soleá y en los fandangos, donde se metió al público en el bolsillo. También concluyó por bulerías plazueleras y acordándose también de El Torta.

María José Franco tuvo dos nuevas apariciones. De terciopelo negro y grana se gustó por soleá con especial encanto, pues puso la nota distintiva en el baile de lo que llevamos de Viernes Flamencos. Es justo reconocer que ya tiene un bagaje incuestionable y una solidez escénica certera. El asistente disfrutó con ella de forma evidente. Su técnica en los pies, en el manejo de la bata de cola y del mantón- por alegrías-  nos hicieron disfrutar de manera sobrada. A ella, amén del incansable y excepcional Juan Manuel Moneo, se le sumaron las voces de Juanillorro y Paco ‘Gasolina Hijo’, con gran nivel ambos.

Y Luis, ese metal perfectamente afinado y con transmisión supo poner en orden a la afición y hacer vibrar de puro sentimiento. Lo hizo en la soleá, su estilo por antonomasia, y por seguiriyas, dejando a un lado la prisa y buscando los duendes que finalmente aparecieron. Gente en pie para aplaudir su total entrega. Se le veía a gusto y contento por estar encabezando cartel de los Viernes Flamencos tras una vida comiendo del arte, primero como guitarrista y luego, desde ya hace tiempo, como cantaor. Tiene su público fiel, se nota, al igual que la complicidad con su hijo Juan, emocionado. Un fin de fiesta cortito y bueno cerró la memorable noche de la casa de Luis Moneo, una familia completa y muy profunda.