El Alcázar se llenó de gente, sobre todo de aficionados de Jerez, de vida y de compás. Acertadísima propuesta dirigida por Luis Periquín cuyo inicio no fue otro que una presentación por bulerías en la que participaron artistas y aficionados, en definitiva, participó Santiago. El ritmo inigualable por bulerías de Juan de la Morena, mil veces ‘olé’, el entrañable eco de Juañares del Zambo, tan particular como aplaudido, Nono Jero, defendiendo la casta de los ‘Periquines’, el eco transmisor único de Rosario de la Melchora, los bailes impagables de Tía Yoya, Tía Majuma y Tía Curra… se formó la fiesta. Nada sería lo mismo sin las palmas de Manuel Cantarote y Juan Diego Valencia.

El barrio de Santiago ha supuesto siempre un manantial inagotable de voces flamencas en lo que se conoce de la historia de lo jondo. Sin duda, los bailes de las gitanas viejas han sido santo y seña de la espontaneidad de una idiosincrasia propia cuyo corazón ha latido a fuerza de compás. Un soniquete envidiado por todas las zonas flamencas de Andalucía y en el que se ha podido sustraer, a partir de las letras, la vida cotidiana de los de la calle Nueva, Cantarería, Merced o Sangre. Pero esa fuente, de la que ha salido las aguas más flamencas, parece que se había agotado hace unos años con el temor de que el cante más ortodoxo y clásico de este barrio jerezano estuviera destinado a perderse debido, en parte, a la influencia de nuevos estilos musicales y la dispersión de esa gitanería racial. Diego Carrasco sólo hay uno, y por fin se han dado cuenta los jóvenes de Santiago.

La nueva hornada de cantaores y cantaoras que comienzan a subirse a grandes escenarios describen la necesidad latente de recuperar sonidos con jondura y recibir firmemente la herencia de sus ancestros creando así una generación más que engrose la nómina de artistas jerezanos que tanto han aportado y siguen aportando al flamenco. Durante las galas de estos Viernes Flamencos estamos siendo impresionados de la calidad artística de esos incipientes cantaores. Si la pasada edición disfrutábamos de la voz cálida de Lela Soto, en la noche del viernes tuvimos a dos representantes de esa continuidad cantaora con las voces de Manuel de la Nina y María Terremoto. Ambos tienen futuro, eso está claro, pero deben caminar bajo la experiencia de otros por lo que han de aprender todo lo necesario para triunfar dejándose aconsejar por los que saben, no por demasiadas voces y con serenidad. Manuel es un volcán, es bravío y en el escenario no para, esto último debe cuidarlo. Destaca en los cantes de compás y tiene talento, ha de pulirse y triunfará. Sus cantes fueron desde las alegrías – de Córdoba y Cádiz- a las bulerías, pasando por la seguiriya y el martinete. Lo mejor de Manuel es su nobleza y su constante entrega.

María de Terremoto es una joya que comienza a brillar sin contemplación. Es artista. La hija del siempre añorado Fernando Terremoto apunta maneras con paso firme, voz que crece desde el respeto y el peso de un apellido. Se presentó por malagueñas, jaberas y verdiales, con mantón de manila y con mirada al cielo. Su eco ya ha sonado en festivales como el de Jerez, y pronto lo hará en la Bienal de Sevilla. La guitarra de Nono Jero, impecable en toda la noche, le dio paso a las bulerías por soleá, de nuevo recordando a su padre. Concluyó por bulerías.

Otra voz de la noche fue la de Felipa del Moreno, morena que siempre arrastra con una legión de seguidores y que sigue siendo una de las figuras con más carisma del cante femenino de la ciudad. Encabezaba cartel y por eso la responsabilidad fue mayor. No arriesgó y tiró de un repertorio habitual como los martinetes, soleá y cantiñas. Su presencia en el escenario siempre gusta y transmite A pesar de ser relativamente joven, Felipa ha sido referente para las nuevas generaciones, sobre todo mujeres, que ven en ella un espejo en el que reflejarse, por su musicalidad y voz de canela. Afinó la guitarra Nono Jero y Felipa levantó al público por bulerías.

FM3304

Felipa la del Moreno

MT3202

María Terremoto.