En el año 1999 los socios de la peña Tío José de Paula subieron al escenario del Teatro Villamarta para aportar su majestuosidad gitana a la zambomba que organizó la Federación de Peñas y que significaba un revulsivo o, mejor dicho, rescate de los villancicos de la tierra. Tras ella llegaron otras como la de Terremoto, en el 2000, y la de la Bulería al año siguiente, bajo la dirección de Parrilla de Jerez. A partir de estos primeros años cada peña ha querido dejar su huella para ser recordada tal y como las mencionadas, sin demasiado éxito.

Es un riesgo por tanto, para el encargado de poner en pie este espectáculo, enfrentarse a la cita que levanta tanta expectación y en la que se ponen tantos ojos. Este año la encargada de organizar la zambomba ha sido la Peña Los Cernícalos, decana de la provincia. Y como es habitual en todo lo que hacen, la defensa de lo tradicional y la invocación a la esencia se hizo notar. Dieron la confianza a Pedro Garrido ‘Niño de la Fragua’ para que se encargara de tal hazaña y él, responsable y centrado en sus hechos, supo mostrar el origen de una fiesta popular que por año se aleja más de su naturaleza. Esta zambomba puede recordarse, por tanto, por su aparente sencillez- que conlleva tanto esfuerzo previo-, o sea, por su grata y celebrada naturalidad.

Durante las dos horas de espectáculo notamos el disfrute absoluto de cada persona que intervenía en una ‘Con-Vivencia’ en la que no parecía haber guión, aunque claro que lo había, pero ahí radica el éxito de la sinceridad que se mostraba. Un cante, una risa, un baile, una bulería, llegan invitados, se reparten pestiños… Esta zambomba parece romper con la línea de las últimas ediciones, y me gusta.

Domingo Rubichi y Juan Manuel Moneo fueron las dos columnas musicales del espectáculo. Dos guitarras de primer nivel para aportar costumbrismo a la noche. Coral de los Reyes resucita en cada verso del ‘Camino de Egipto’, Eva de Rubichi se vuelve imperial en el dúo con un portentoso Manuel de la Fragua con ‘El arcángel San Grabiel’, Ana de los Reyes derrocha arte y gracia con ‘Dame una copita’, Juanillorro se acuerda de José Vargas ‘El Mono’ con ‘Caña de un cañaveral’, y de su pare cuando tiene que bailar para que el teatro lo jalee al unísono. Dos guapas mujeres, Gema Cantarota y Sandra Rincón, nos recuerdan por momentos a ese dúo histórico que tanto llenaba el escenario, hablamos de Paca y Manuela, sensación que se provoca por la elegancia y el donaire que desprenden ambas artistas con el villancico ‘Mi niño bonito’, de Parrilla. Manuel Moneo Carrasco no deja de sorprendernos por su sensibilidad a la hora de interpretar su número, con una finura pinturera, así como Paco ‘El Gasolina’, con su particular estilo a la hora de cantar a Dios tan emocionante, corazón y entrega. El coro de la Albarizuela tiene mucho que decir inspirando familiaridad y sentimientos entrañables. Y Lorenzo Royo, el gran zambombero.

Como en toda buena fiesta, llegan invitados. Uno de ellos es Luis Moneo, protagonizando uno de los momentos de la noche. Se sienta, nervioso y «con respeto», dedica su villancico  a Antonio Benítez, presencia indiscutible en el escenario. Y ahora, se introduce en los Campanilleros de Manuel Torre, realizando una de las mejores versiones que se recuerdan en esas tablas. Impecable y profundo. Palmas por bulerías.

Otro de los invitados fue David Carpio, con una voz prodigiosa que nos trajo los aromas de Pepe Pinto a través de unos fandangos emotivos y potentes. María José Pérez, amiga de la casa, no quiso perderse la cita ejecutando el villancico titulado ‘La visitación de Santa Isabel’. Para no ser de Jerez defendió su discurso y salió victoriosa. David y Alfredo Lagos dejaron su impronta desde la inquietud fascinante de sus entrañas viajando por los estilos de la soleá trianera. Y se invitó, a la juerga, a Joaquín Grilo. El genial bailaor no dejó indiferente a nadie con su personalidad en el escenario, un baile de inspiración y arte en el que nunca se sabe qué va a pasar. Expectantes, Ana María López se puso en pie, desde el escenario, para valorar lo que Joaquín estaba haciendo. Antes del maestro pasaron los jóvenes Miguel Ángel Heredia y Fernando Jiménez, dos ejemplos de la buena salud por la que pasa el baile gitano de la tierra. Heredia, siempre eficaz y grandioso; Jiménez, natural y flamenco, ambos de pellizcos. También estuvo soberbia Esther Aranda con sus buenas hechuras de bailaora. No faltó la aportación impagable de Juan Enri y El Zorri, veteranos del baile que son auténticos monumentos sobre las tablas. ¡Qué emoción! Ana María López puso su magisterio incuestionable con un braceo de primera. El cante de ‘El Gordo’, hijo del Tío Juane nos trajo los aromas de un ayer de patio de vecino. José Rubichi, Rocío del Gordo… estuvieron en la fiesta. También Sophia Cuarenghi, quien puso la nota contemporánea con su violín antes del viaje al pasado, como decían Andres Cañadas y la pequeña Elena Vallejo a modo de presentación.

Y al final de la larga- dos horas larga- fiesta salió Pedro, el «casero» de esta casa de vecinos en la que se respiró fraternidad y buen ambiente. Pedro nos regaló una obra de Coral de los Reyes en forma de villancico para cerrar las puertas a la espera de que el próximo año vuelvan a abrirse tal y como toda la vida.

Reportaje gráfico: Paco Barroso