Jerez es esa cuna inagotable de artistas que mantiene la esperanza viva de los grandes aficionados de nuestra geografía al no dejar de aportar nombres a la nómina de intérpretes flamencos. Por esta razón las peñas flamencas, tan denostadas por las instituciones públicas así como por un sector de visión pesimista y nostálgica de este arte, siguen en la lucha por exponer a estos nuevos valores, de alguna u otra manera.

La fórmula que se puso en práctica en la Peña Flamenca Los Cernícalos, en la segunda cita de las programadas dentro de las XXVII Noches de La Plazuela, fue la de dar protagonismo a una gran figura del cante jondo así como dar espacio a su relevo generacional. En suma: Luis Moneo reivindicó su poderío artístico con una serie de estilos interpretados que levantaron al público asistente, y aprovechó para dar impulso a la carrera de su hijo Manuel Moneo Carrasco, que continúa la estirpe. No fue el único sucesor de Luis sobre el escenario, pues también tuvimos la oportunidad de saborear la música gitana de un guitarrista, Juan Manuel Moneo, de alto nivel que sugiere ser el “culpable” de todo lo expuesto sobre el escenario y que pudiéramos llamar alma máter de lo ocurrido en la entidad de San Miguel. Otra acertada novedad en la propuesta fue la de incluir entre tanto cante una pincelada de baile en manos, pies y hechuras de María José Franco, de la propia familia. Ocasión especial pues el nivel de esta bailaora es más propio de teatros que de peñas, de ahí la observación de la exclusividad del número.

La noche también dio para reflexionar sobre lo polifacético que se muestra un Luis que lo mismo ha tocado la guitarra de acompañamiento durante determinadas décadas de su vida, que canta para el baile con una soltura aplastante y que, subrayando, se enfrenta como único protagonista al público como cantaor por derecho. Destacó en los aires de Cádiz, por alegrías y cantiñas, con ritmo y control, continuando por malagueñas del Mellizo más cierre abandolao. Su hijo Manuel se estrenó por tientos tangos, un estilo muy de la casa al atrapar parte de la esencia de su tío Juan Moneo ‘El Torta’. Elegante y mostrando seguridad, abrió el tarro de las esencias para que padre e hijos se unieran en la bulería por soleá con un ritmo alucinante con el que llevaron en volandas a la bailaora gaditana María José Franco, siempre con donosura y personalidad. Las palmas de Javier Peña también aportaron al resultado final el arte con el que se cerró la primera parte con un público ya entregado.

En la segunda mitad, tras un largo descanso Luis Moneo y Juan Manuel retomaron por soleá. Es un estilo que el cantaor, sobrino de Luis de Pacote, controla y domina como pocos viajando por los estilos más dispares y recurriendo a versiones cargadas de impronta. Desde los aires de Alcalá fue caminando hasta encontrarse con estilos de Mojama (sobre todo en formas) y terminar entregándose por Carapiera. En la seguiriya se dolió y convenció. Sus lamentos hicieron efecto acudiendo a la memoria que dejaron Mairena o Agujetas, pero siempre desde su fuente, llena de sus propias vivencias e inquietudes. El acompañamiento de Juan Manuel Moneo estuvo soberbio y supo sacar lo mejor de ambos, de su guitarra y de su padre. El compás volvió en un fin de fiesta por bulerías en el que destacamos la expresión innata de Jerez en los cantes de Manuel Moneo Carrasco, el baile de la nieta de Luis que no alcanza un palmo del suelo y las ganas de más con las que nos dejó Luis en el número por fiesta.