Las inquietudes de este artista por hacer las cosas bien quedan reflejadas en su carta de presentación discográficamente hablando. Pedro Garrido Fernández no es un cantaor más ya que cuenta con una personalidad bien definida y que lo hace alejarse, de principio a fin, del resto de sus coetáneos. Ya presagiábamos algo al ver Jerez, la ciudad natal del nieto del Tío Juane y lugar donde ve la luz su ‘Libertad Condicional’, empapelado con unos carteles anunciadores llamativos. Pedro ‘Niño de la Fragua’ no ha dado puntada sin hilo y todo lo que ha girado en torno ha su primer “hijo discográfico” ha tenido un porqué y ha sabido valerse un leitmotiv con el que ha concretado un mensaje: encontrar la libertad a través del cante y alejarse de los límites que la sociedad y la propia vida determinan al ser humano casi sin que este se de cuenta. Posiblemente, y dicho de otra manera, alejarse de las modas impuestas por no sé quién.

Los Clasutros de Santo Domingo se llenaron de público, gran parte del mismo poco habitual a asistir a eventos de este tipo, para disfrutar de ‘Libertad Condicional’, un trabajo que vio la luz el mismo día de su puesta de largo y en el que Pedro pudo decir que “he cumplido mi sueño”. Su sensibilidad es evidente desde que se sube al inicio arrancando por martinetes y deblas, homenajeando a la fragua de su abuelo Juane, y anclando su bandera en estilos y formas. En este caminar en el que consigue el incondicional aplauso del público se apoya en las palmas de Juan Diego Valencia, José Rubichi y Manuel Cantarote, así como en el compás de la percusión de un extraordinario Carlos Merino. Las guitarras no pasan desapercibida. Manuel Valencia sigue mostrando su crecimiento imparable en los tangos de Pedro donde acude a la memoria de Cádiz, Jerez, Triana y no olvida a los de ‘El Piyayo’.

Este joven criado entre tenazas, martillos y el calor del fuego que provoca el fuelle de la fragua no peca de reiterativo sino que muestra un lenguaje fresco en cada cante, como en la ‘Malagueña del Desvarío’ al estilo del ‘Chato de la Venta’. Con el alma en plena ebullición da paso a otro de los grandes de la noche, Diego del Morao, cuyos silencios musicales son valorados por el cantaor al verse bien acompañado por un auténtico genio de la sonanta flamenca. Seguiriyas y alegrías sonaron de una forma especial apreciándose la versatilidad de este cantaor que viaja sin pesar de la profundidad de un cante al compás y desparpajo del otro. Ese dominio fue evidente también en la zambra ‘Yerbamala’, composición de Antonio Gallardo que un día fue creada para Pedro por quien supo escribir para el flamenco como nadie. Se sumaron músicos como el violinista Bernardo Parrilla y el pianista Jesús Lavilla, y el baile de una preparadísima Macarena Ramírez que no deja de sorprender cada vez que se sube a un escenario por su capacidad interpretativa y sentimental. El público asistía a una escena de tablao en la que el amor y el desamor se hacen dueños de la temática.

Todos en unión, con la complicidad de Juan Diego Mateos que se sumó al final, sonaron aires por bulerías en una composición de tres temas del disco donde nos acordamos de Juan Moneo ‘El Torta’, con letras de Rafael Lorente, y comprobamos una vez más que no hay nada más cómplice que el cante del alma para salir de la prisión desvirtuada que a veces se convierte el flamenco. Libertad, Pedro, pero sin condiciones. Te la has ganado.

Reportaje gráfico: José Contreras