Es curioso lo que se siente al ver en escena a Alonso Núñez Fernández ‘Rancapino Chico’. Transmite la grandeza de los humildes, esa de la que presumió, entre otros, el propio Camarón de la Isla. Salvando las distancias, claro está, su personalidad acarrea misterio y magia, también su física al contar con una frondosa cabellera y una barba que apenas deja hueco para que nos seduzca su mirada de niño. Destacaría en mayúsculas de su persona la generosidad para con sus compañeros, o lo que es lo mismo, el alto grado de compañerismo que dispone en cada actuación pues prefiere no alargarse para que el espectáculo total no se haga interminable.

Cerró con sus bulerías una edición de Viernes Flamencos -Fundador- marcada por la premura en organización y montaje, que ha ido mejorando en cada gala en cuanto a cantidad de público se refiere. De justicia es reconocer que la calidad del cartel de la sesión final era más atractivo que el resto, aunque siempre es una opinión a cuestión de gustos. Otra cantaora de nivel estuvo presente con su portentosa garganta. Elu de Jerez fue larga en su intervención por romances, malagueñas, tientos y tangos, fandangos, seguiriyas y bulerías. Casi un recital ofreció, que tuvo como premio el aplauso unánime del público que se puso en pie para despedirla. Su poderío volvió a conquistar al respetable que valora en ella su arrojo a la hora de ejecutar sin miedo al vacío, aunque queda lejos ya que acude a una realidad marcada por el contenido de unas vivencias familiares extraordinarias.

Otra cantaora de La Plazuela que gustó fue Tamara de Tañé. Destacando por bulerías, aires festeros por excelencia, se atrevió con la soleá apolá de la que arrancó los primeros aplausos de la noche. Bien uniformada prosiguió por alegrías con esa fuerza que la caracteriza pero sin llegar al grito incómodo. Y en la seguiriya demostró que se toma las cosas en serio y que asienta sus miras de futuro con fuerzas y ganas, sin duda, una artista con proyección que debería estar más presente en los ámbitos flamencos locales.

El baile lo puso Carmen Herrera. Se nota que está curtida en grandes escenarios y que se ha formado con los grandes de la danza flamenca jerezana. Posicionamiento y dominio van de la mano en su escena que siempre muestras estampas clásicas y tradicionalista en vestuarios y con un atrás poco habitual, no en ella sino en los escenarios. Pues siempre va acompañada de José Carpio ‘Mijita’, cantaor no hecho a este registro pero que imprime a su baile ese toque ancestral que necesita para interpertar. José se gustó por rondeñas y malagueñas, momento en el que el abanico de Carmen cautivó sin barreras. Luego José se marcó una gran soleá para que la bailaora y maestra dejara su corazón y su alma siendo una de las mejores que han pasado en esta edición. A la guitarra la acompañó Domingo Rubichi, y a las palmas estuvieron Carlos Grilo, Manuel Cantarote y Manuel Salado.

Alonso cerró la noche ante un público entregado, que en parte lo esperaba a él. El cantaor con más contrato de la temporada volvía a Jerez con una ilusión especial porque en anteriores ocasiones no ha tenido el tiempo necesario para desplegar sus armas cantaoras. Por soleá estuvo impresionante, por alegrías nos bañó en gracia y sal, por tangos homenajeó a Cepero, presente en la noche del Alcázar, y por bulerías la gente le pidió un bis. Desde luego merece todos los halagos por se un cantaor de talla que sigue transmitiendo en cada intervención.

Y no hay que olvidar a Paco León, guitarrista oficial de la noche que mostró un control absoluto en el acompañamiento y que consiguió conectar con cada intérprete plasmando grandísimas sensaciones y asegurando su presencia en el presente y futuro del flamenco.