La 50 edición de la Fiesta de la Bulería, celebrada en el Alcázar de Jerez, termina con un saldo favorable en cuanto a nivel artístico y asistencia de público, siendo la noche del sábado 26 la jornada más exitosa con diferencia al resto. El espectáculo ‘La Tierra y El Cante’, bajo la dirección artística de Pepe del Morao, estuvo a la altura de lo que requieren las Bodas de Oro de un festival que surgió en 1967 ante la iniciativa del siempre recordado Juan de la Plata, homenajeado en la noche. Ha sido una edición con propuestas diversas y que rompe, en la línea del año pasado, la estructura clásica de festival veraniego extendiendo la programación a cinco días y dando cabida a propuestas de todo tipo vinculadas, lógicamente, con el certamen como flashmob, cursos o la colocación de una placa a Juanito Mojama en su casa natal de calle Honsario por el equipo de Los Caminos del Cante.

A nivel de espectáculos la muestra se inició el jueves con la propuesta ‘Bodas de Oro’, dirigida por Niño de la Fragua y cuyo fin era rememorar momentos reseñables de estas cinco décadas a partir de la interpretación de cantes y estilos propios de cantaores como La Paquera, con la zambra ejecutada con garbo por Carmen Grilo, o la soleá asombrosa de Felipa la del Moreno con mirada a las hermanas de Utrera, así como el eco meloso de Lela Soto que cautivó por alegrías recordando a La Perla y a Chano Lobato. Vimos a Perico ‘El Pañero’ por liviana, siempre con gusto en el decir, a Rubio de Pruna arriesgando en la soleá apolá, o a Ezequiel Benítez cantando por bulerías por soleá, de lo más aplaudido de la gala. Una jornada dedicada, en gran parte, a la juventud por lo que no faltaron nuevos valores como Manuel de Cantarote y José El Berenjeno, dos jerezanos que ya comienzan a destacar por su implicación y buen hacer. Manuel de la Fragua gustó por bulerías y Pedro deleitó por seguiriyas. Las guitarras dieron de sí por su gran nivel y por eso aplaudimos a Juan Manuel Moneo, José de Pura y Nono Jero. Las palmas de José Rubichi y Manuel Cantarote, y la percusión de Carlos Merino, aportaron el compás al que echamos de menos en muchos momentos de los tres días. El baile lo pusieron dos grandes jóvenes de la tierra: Rocío Marín hizo la soleá y Saray  García la bulería para escuchar, ambas con amplio dominio y dejando la bandera bien situada. En la segunda mitad la retrospectiva surgió efecto con una fiesta “espontánea” en homenaje a la grabación del Canta Jerez, disco mejor valorado de la historia del flamenco y que sirvió de inspiración para el gran elenco.

Cierto es que quien escribe estas líneas sigue viendo inacabado un espectáculo, como tal, en un escenario al aire libre, pues no puede aprovecharse bien los recursos y el espectador termina alejándose de la dramaturgia que intenta representarse. Valoración que extiendo para los tres días. El nivel de la primera noche fue alto teniendo en cuenta que algunas de las figuras recién empiezan, además se trataba del presupuesto más bajo de las tres galas.

En la segunda de las noches asistimos a una gala en la que se intentó recordar a Camarón por el 25 aniversario de su muerte con ‘Jerez, Cádiz y os Puerto, a Camarón’, con la dirección de Diego Magallanes. Y digo que fue un intentó porque a Camarón no lo vimos representado en gran parte del espectáculo. La propuesta, compuesta por artistas de Jerez, Cádiz, Chiclana y El Puerto de Santa María, no mostró el nivel que ha de tenerse cuando se habla del genio más internacional que ha dado el flamenco y que, además, se representa en un festival que seguía cumpliendo 50 años, quizás en otro momento todo hubiera sido más llevadero. El público, no obstante, disfrutó de los cantes de Carmen de la Jara, José Gálvez, Davinia Jaén, Raúl Gálvez, Nazaret Calas, Niño del Parque, Ángel Pastor y Selu del Puerto, y del baile, aquí sí se mostró el nivel que requiere la cita, de Macarena Ramírez y David Nieto, los más destacados de la noche. Sonaron, en modo de coral, temas como ‘La Primavera’, ‘Canastera’, ‘Rosa María’ y ‘La Leyenda del Tiempo’ que animó bastante el ambiente pero seguía siendo insuficiente para tres horas de espectáculo.

La noche grande, por así llamarla, fue la del sábado en la que el nieto de Manuel Morao volvía a subirse al escenario como director artístico. Tras el éxito de la edición pasada cuando encabezó el ‘Suena Jerez’, o como definimos en este medio ‘La Generación del 16’, tenía que mantener el nivel o supuerarse, y lo consiguió. Con voces consagradas del cante, del baile y del toque más genuino de Santiago y San Miguel, el montaje sirvió para valorar el eco de Juana la del Pipa, de quien destacamos su impagable estampa, o Dolores Agujetas, que estuvo extraordinaria y colosal en seguiriyas y martinetes, o la revelación/revolución María Terremoto, que llega para quedarse siendo la única que levantó al público con su seguiriya. Luis Moneo demostró ser un digno representante de una saga, de un barrio y de una escuela con aires por cantiñas y soleá. Por día mejor. Por su parte, Antonio Malena se presentó con su profundo registro en un derroche de conocimiento por soleá por bulerías, compartiendo la trilla y martinetes junto a Moneo y a José Mijita. A este joven lo disfrutamos por soleá en solitario y bulerías. Grandes expectativas para el menor de los Carpio. Como sorpresa salió Enrique Remache con la zambra ‘Maldigo tus ojos verdes’, buscando el encuentro con María en una interpretación romántica. El entorno se prestaba a la espontaneidad, con copas de vinos, la clásica mesa de madera, la fragua que también estuvo y los cántaros y canastas de fruta. Y no faltó el buen baile de María del Mar Moreno y Joaquín Grilo, ambos de bien para arriba recordando las mejores noches de una fiesta a la que le faltó juerga. El toque de Pepe, Diego del Morao y Manuel Parrilla encandilaron porque son de los mejores de la actualidad. Buenas palmas las de Juan Diego Valencia, Ané Carrasco y Álex de Gitanería. Al final sale también Rancapino Chico con una pincelada por bulerías con las que el público disfruta como si hubiera cantado una hora.

En fin, una fiesta que mantiene la calidad artística pero que nada tiene que ver con esas noches en las  que el público tocaba las palmas y jaleaba desde el asiento. Un formato que se aleja de sillas no numeradas y de la bulla de la grada, seguramente propiciada por la falta de público en las anteriores ediciones que desemboca en lo que tenemos, a mi gusto: un gran festival al que le falta fiesta. Pero si el público hubiera seguido acudiendo a la Plaza de Toros tras el 2010… todo seguiría igual.

Reportaje Gráfico: Paco Barroso