A María hay que valorarla por muchos motivos, tantos que podríamos parecer exagerados. Los méritos que ha conseguido son absolutamente impresionantes para cualquier artista, más si cabe si tenemos en cuenta su edad que no supera los dieciocho años. Esta jerezana de influencias trianeras ha destacado hasta ahora por la madurez que demuestra en cada aparición, siendo más que sorprendente el dominio que posee del medio  y el control sobre los elementos en la actuación. Aquí en Jerez aún recordamos su debut en el Centro Cultural Flamenco Don Antonio Chacón. Tampoco hay que olvidar aquel momento en el Liceo de Barcelona junto a Miguel Poveda por bulerías, hace año y medio, estampa que marcó un antes y un después en su cotidianidad y que la colocó en una artista reclamada por festivales y muestras. Ya venía de hacerse con el Giraldillo Revelación en la Bienal de Sevilla 2016, convirtiéndose en la artista más joven de la historia en ganarlo. María Fernández Benítez, que presume de ser Terremoto, ha participado en innumerables festivales en estos dos años y ha compartido cartel con ya primeras figuras del arte jondo. Así, ha crecido interpretativamente este verano en el espectáculo ‘Flamenco Lorquiano’ del Ballet Flamenco de Andalucía, capitaneado por Estévez y Paños.

Mientras tanto ha preparado con esmero y dedicación su primer trabajo discográfico que ha titulado ‘La huella de mi sentío’, un producto que recoge la esencia de los cantes de su casa cantaora así como la versatilidad de registros que posee la joven, heredado en parte, de su pare Fernando. Su puesta de largo tuvo lugar en la Bienal de Sevilla, en el recién pasado mes de septiembre con todas las entradas agotadas varias semanas antes. La crítica especializada fue contundente en destacar el éxito de la actuación y la extraordinaria proyección de María Terremoto. Lo mismo le ha ocurrido en Madrid, otro de los espacios donde ha dado a conocer su huella antes de la noche en el Teatro Villamarta de Jerez. La gran noche. La noche con “mi gente”, el encuentro “con mi tierra”, destacó la jerezana.

El resultado de lo anteriormente mencionado, de esta triunfal carrera que va atesorando le ha servido para que el primer coliseo jerezano se llenara con un millar de personas en la noche del sábado 13 de octubre para comprobar in situ la excelencia de la nieta de Terremoto de Jerez. No se abren las puertas del teatro normalmente para acoger una cita de este corte, pues sabemos que la afición en esta ciudad no acude en masa a los eventos flamencos pero todo hacía presagiar que con María ocurriría lo contrario, y así fue. No faltaron sus tías Juana y Luisa, así como su madre Encarni. Estuvieron todas aquellas personas que querían al bueno de su padre, ese barrio de La Asunción que la mira como una añorada joya de esa peña chiquitita que habitaba en sus calles y esos maqueados flamencos de Santiago que han visto crecer a María en los últimos años junto a su mare  María Márquez, hermana de Juan Grande que en Gloria estén. Pues todos estaban allí sentados, también sus “angelitos” en el recuerdo.

El respetable se mostró más que generoso con la cantaora que apenas subir el telón ya se encontró con la primera ovación de la noche. Se podía palpar el amor que la gran mayoría de asistentes desprendían ante la artista. Es impropio la seguridad con la que da la bienvenida y tan sólo por eso hay que seguir valorándola. Es arriesgada en su mensaje y su garganta no contempla límites ni cuidados encima de las tablas por eso no cabe la mentira. No quiere quedarse con nada dentro aventurándose a que su quejío merme al final de la gala porque el peso de la noche no fue de otra persona nada más que de María, a pesar de contar con grandes colaboraciones. Les dio su sitio a cada uno pero no volcó responsabilidades en ellos sino que se expresó siempre de forma apabullante. No por ello hay que olvidar el trabajo en equipo en esta obra en la que se creó una atmósfera familiar y cercana.

En lo artístico comprobamos lo camaleónico de María, desde su inicio por trilla, romance y tonás, hasta las dos interpretaciones más novedosas en lo musical que ya dejó grabada su padre bajo los títulos ‘Luz en los balcones’ y ‘Nadie lo sepa’. En estas lides se mueve como pez en el agua controlando los ritmos a la perfección y tratando la música como paño de oro, con delicadeza a pesar de que ella es más bravura, ímpetu, arrojo, valentía, vehemencia, visceralidad, furia, volcán… terremoto. Los primeros veinte minutos de la noche fueron realmente emotivos porque el público mostraba su ancestral acervo gitano con gritos y jaleos que emanan sólo cuando la grandeza de esta cultura se hace persona, como en un cuerpo de mujer que ya puede escribir sus primeras líneas de oro en el cante como princesa de lo jondo.

Si bien domina los altos, no se queda atrás en los tonos más bajos y complicados demostrando por granaínas y malagueñas el empaque de su garganta. Su discurso, a pesar de marcar la línea ortodoxa del cante, suena a fresco, a nuevo y accesible para el gran público. De ahí que gustaran tanto las alegrías creadas para la joven por Antonio ‘Agujetas Chico’, una de las intervenciones más aplaudidas por quien escribe estas líneas. Mientras cambiaba su vestuario los guitarristas Nono Jero y Fernando de la Morena Hijo (unidos por el apellido Carrasco) se marcaron unas bulerías que pusieron en pie al patio de butacas. Y metidos en la segunda mitad el fuego no fue a más pero se mantuvo. Salieron entonces los cuatro artistas invitados, faltando Antonio Reyes y Pedro ‘El Granaíno’, algo que se aceptó aunque no debe ocurrir. Los primeros en acompañar a María fueron Pedro Ricardo Miño, al piano, y Esperanza Fernández, al cante, en el título ‘Un paseo por la Alamea’ en una sucesión de zambras que popularizó Manolo Caracol. Más tarde salieron José Mijita y José Valencia, por bulerías para escuchar, con un gusto tremendo cada uno de ellos. También se sentó a la mesa el Bo, siempre carismático y querido. María cantó y bailo en los tientos y tangos, y ahí se mostró de nuevo más firme que nunca sobrada de compás y desparpajo. Dejó para el final la seguiriya y los fandangos, no sacándole el mismo partido que en otras ocasiones. Se entiende, pues ya pasaba más de una hora desde el comienzo y poco normal es mantener el ritmo que marcó desde el principio. Quizás debió empezar por lo que más concentración conlleva como es el estilo al que su abuelo levantó a los altares y no dejarlo para el final.

Por bulerías volvió a conectar con el público en una gozada de soltura demostrando una vez más que hay Terremoto para rato y que esta casa cantaora sigue aportando al flamenco en su amplitud lo mejor de cada época. Las palmas de Manuel Cantarote, Manuel Valencia, Ané Carrasco (también en percusión) y Los Mellis (también en voces) ayudaron al resultado exitoso de la noche. María y su gente deben estar orgullosos de lo que se ha conseguido en una cita que vuelve a servir de trampolín a la cantaora más cotizada de su generación, una verdadera princesa del cante.