Jerez necesita que las peñas cuenten con artistas como Esperanza Fernández. A través de este canal, de este foro, la afición conoce a cantaoras de la talla de esta trianera que expuso todo lo mejor de sí en la noche del pasado viernes en la Buena Gente, entidad que continúa con su ciclo de otoño de manera exitosa y que sigue aglutinando a numeroso público cada recital. Decimos esto porque sólo el Festival de Jerez atiende a razones, es decir, entiende oportuno en su manera de actuar requerir la presencia de artistas no sólo locales o de la provincia, como suele ocurrir en los eventos que acontecen a lo largo del año en Jerez.

Es entonces, en el encuentro con nombres como el de nuestra protagonista, cuando entendemos la grandeza del arte jondo ya que podemos sumergirnos en estilos, formas y cantes que normalmente no se escuchan en estos templos flamencos. Esperanza cantó por caña y, sin ánimo de menospreciar a la afición jerezana, si no llega a anunciarla antes de la interpretación sólo la minoría hubiera reconocido lo que estaba cantando. Sorprende en ella que siendo tan gitana y tan racial comparezca de forma estructurada dejando poco espacio a la improvisación, de ahí que el público no conectara tan de repente sino que necesitó casi medio recital para identificarse con la actuación de esta genial cantaora. No por ello hay que obviar la calidad mostrada por el elenco de la noche destacando la intensidad y apuesta por los protagonistas. A la guitarra estuvo Miguel Ángel Cortés, quien destaca siempre por la complicidad con quien acompaña desde la precisión más absoluta en las cuerdas. También palmas y cajón, de su hijo menor.

Esperanza Fernández buceó en la malagueña del Mellizo para comenzar con algo de ritmo por jaberas y verdial. Siguió en la primera parte con la soleá de Triana y la mencionada caña, minutos de sumo gusto. Más ritmo por alegrías y bulerías de Cádiz, acabando la primera mitad por tientos y tangos. Delicada es su voz por elegante y cuidada su estampa en el escenario. El respetable bajó a la primera planta del edificio que alberga esta peña para la copita pertinente del descanso, emocionado pero con mesura.

Segundo tiempo, ya a las doces de la noche. Inicia por bulerías en solitario el guitarrista granadino que dio buena muestra de dominio, aportando un toque personal y fresco en hondura. Esperanza cambió su traje al negro, con chaquetilla torera, e interpretó el título ‘La época del cometa’ a ritmo de milonga que popularizó en su tiempo el gran Pepe Marchena siguiendo por guajiras. De nuevo el público se preguntaba: ¿qué está cantando? Es normal que no estén familiarizado con estos cantes porque en Jerez se han estilado poco, de ahí la importancia de recibir siempre a este tipo de artistas. En la seguiriya posterior, que comenzó por martinetes y deblas, Esperanza acabó por convencer a los que allí se encontraban. El respeto a la artista fue palpable y ella lo agradeció ante el micrófono. Se sintió cómoda, afirmando que “vengo muy poquito a Jerez a cantar”, de ahí la importancia de esta actuación. Acabó la noche por bulerías realizando un recorrido por los cantes de Lebrija, que también le llega a través de sus genes, algunos éxitos de Lole y Manuel y algunas más propias de Jerez.

Público en pie para despedir a una artista que derrocha gitanería desde un discurso cuidado y moderno, actual, lejos de la chabacanería. Una gitanería adaptada al teatro y a las artes escénicas pero que no pierde el brillo de su casa cantaora a la que lleva como bandera en cualquier recital. Palmas a compás para Esperanza por saber mostrar la universalidad del flamenco desde el convencimiento acérrimo a las raíces de su historia desde la perspectiva contemporánea.