Lebrija y su cante tomaron el pasado sábado por la noche la santiaguera peña Tío José de Paula. Una de las tantísimas biznietas del mítico Pinini trajo hasta esta entidad la solemnidad de una casa de respeto y admiración. Hija de Bastián Peña Peña ‘Chache Bacán’ y hermana, por tanto, del malogrado guitarrista Pedro Bacán, la cantaora protagonista del recital perfumaba el ambiente con fragancias de un ayer que ya no vuelve. Inés Bacán consiguió su propósito en Jerez que no fue otro que mostrar las características de un cante vivencial y plagado de matices oníricos. Es su alma quien canta en una liturgia emocionante y única. La puesta en escena de Inés es tan sobria como elegante mostrando la relevancia única del mensaje en forma de voz.

Acompañada de Antonio Moya, quien conoce como pocos el corte de las mujeres cantaoras del triángulo Lebrija, Utrera y Morón, dejó en Santiago su sello personal adquirido gracias a multitud de fiestas familiares en las que escuchó cantar a los grandes nombres de su casa teniendo en cuenta que es familiar directa de Lebrijano, Funi, María Peña, Fernanda y Bernarda… Una fiestas en las que Inés comparecía de oyente en su juventud y prácticamente sin participar con su cante fruto de una timidez- más bien respeto- fuera de lo normal. Fue Pedro, su hermano “del alma” quien la sacó a la luz en un homenaje a Juan Talega y a partir de entonces la incluyó en espectáculos como ‘El Clan de los Pinini’, ‘Al son del 3×4’ o ‘Cien años de Cante’, de Pedro Peña. Grabó junto a él, y también con Moraíto, y es requerida en festivales de todo tipo, sobre todo en esos lugares en los que se sabe lo que se escucha ya que no todo el mundo está capacitado para acceder el mundo artístico/espiritual de Inés.

¿Y dónde mejor que en la casa de Tío José para paladear lo bueno? Pocos sitios, créanme. Este es uno de los motivos por los que la cantaora se sintió como en pocas ocasiones, conectando desde los tientos y tangos iniciales hasta las últimas bulerías. Entre medio sonaron los romances, nacidos desde el aljibe más sincero; los fandangos por soleá, con unas palmitas atrás familiares que no pretendían crear formalismos sino recogimiento; o una nana de preciosa musicalidad. En la segunda mitad y de riguroso negro, Antonio Moya, siempre de aspecto bohemio, acompañó con calor las cantiñas, la soleá y la final seguiriya, en la que Inés derramó toda la tragedia de este cante desde el llanto del recuerdo. Por bulerías culminó con una juerga muy gitana con los bailes de las mujeres de la peña así como de algún familiar lebrijano que coronaron la noche. Larga vida a las peñas que apuestan por estas cantaoras de perfil poco mediático y que guardan los secretos que el flamenco siempre tuvo.