El barrio de San Miguel ha dado grandes nombres al mundo del flamenco a lo largo de su historia, desde Manuel Torres a Don Antonio Chacón, pasando por La Paquera o Agujetas, Moneo o Rubichi. A medida que han pasado los años las casas cantaoras de este arrabal han seguido sumando protagonistas y es por ello que a día de hoy si se escucha a algunos de los que están capitaneando carteles y programaciones flamencas a nivel mundial se es capaz de rememorar o descubrir a antepasados ya extintos. Ocurre con el caso José Méndez, cantaor perteneciente a la casta de los Méndez que guarda en su garganta los secretos del compás del Campillo, esa zona de San Miguel donde habita el Cristo de la Expiración.

Estuvo en la Peña La Bulería sintiéndose “como en casa”, ante los jaleos y la mirada de su gente quienes recordaban en los quejíos de José a los que en su día coronaron la fiesta de esta tierra como El Pili, abuelo del cantaor, o el Tío Eduardo, pasando por la propia Paquera. Pero hay que sumarle a este primer protagonista del ciclo Exaltación de la Bulería, que cumple 26 ediciones y que continuará en semanas posteriores, el plus del dominio y el conocimiento que lo llevan a saber ejecutar los cantes de cualquier escuela, fruto también de largas temporadas en compañías de baile como la de la maestra Cristina Hoyos en décadas atrás.

Como aquel que dice Joselito (que así lo conocían por el barrio) viene de vuelta y aporta una madurez necesaria para el cante de esta generación dejándose llevar por la espontaneidad que aprendió de su inseparable Parrilla de Jerez, quien confió en él siendo joven e incipiente tomándolo como el valor al alza de la época. Por entonces el cantaor era habitual en televisiones andaluzas e incluso de carácter nacional, y requerido en los certámenes de postín de Jerez algo que por desgracia está ocurriendo en estos años en menor medida. El cantaor sigue viviendo en Sevilla y ha estado de gira en agosto-septiembre por América, y tiene previsto su viaje a Japón en pocos días.

La Peña La Bulería recuperó para Jerez este eco tan necesario y no defraudó. Sin palmas y con la guitarra de Antonio Moya, su inseparable, mostró en la primera mitad el brillo de las alegrías con las que fue calentando su prodigiosa voz, así como en la taranta posterior prefirió acertadamente abusar de los bajos, para concluir por tientos y tangos. En continua cercanía con su público, que llenaba la amplia sala, empezó la segunda mitad por soleá, y fue en la seguiriya cuando acudió a lo más racial volcando su potencial en cada letra. Un pincelada de bulería por soleá, uno de sus estilos más identificativos, sirvió para llegar al final por bulerías al que se sumó el baile de Ana María López, maestra de maestras, Rocío ‘La Jerezana’, con un compás fuera de órbita, y de Tía Juana Vargas Heredia, siempre aportando la gitanería del barrio.