José Valencia, primera figura del cante actual, estuvo el pasado sábado en la Peña Buena Gente dejando su impronta sincera y un grito desgarrador producto de su inconmensurable fortaleza en la garganta. La expectación no era otra que la que merecía la cita, de ahí que el espacio se cubriera de de aforo pronto, recién abiertas las puertas. El público fue numeroso y a veces un poco ruidoso impidiendo ese silencio que tan necesario es para el total disfrute. Es lo que tiene una entrada gratuita, que no todo el mundo valora el esfuerzo que ha de realizarse para que se celebre un recital como el que habitualmente organiza esta entidad jerezana y otras tantas de esta tierra.

En el plano artístico José no defraudó porque dio todo de sí destacando en los estilos de compás, no ya porque los domine más que la seguiriya o la soleá, dos palos que también ejecutó con saber y dolencia, sino porque empuja los tercios de una manera limpia y brillante demostrando el soniquete que siempre ha poseído y ese control en la voz que ha absorbido tras años y años en grandes compañías de baile.

En el escenario parece un guerrero que va señalando con el dedo el camino hacia la victoria, como hacía también su paisano Juan Peña ‘Lebrijano’, el maestro de la innovación gitana. Así, marcando con el dedo índice los compases deleitó por alegrías. También hay que destacar el acompañamiento en las palmas de Juan Diego Valencia y Manuel Valencia, dos artistas en lo suyo, así como la guitarra majestuosa de Juan Requena, malagueño que le dio el mejor de los sentidos al estilo que abrió la tarde. El cantaor se mostró más que agradecido de estar en Jerez, y sobre todo en “esta casa” en la que estuvo hace veinticinco años atrás en aquella sede chiquitita de la plaza San Lucas.

A pesar de plantear un recital clásico que no permite demasiada puesta en escena sí es cierto que el artista conoce los elementos fundamentales para manifestar elegancia y seriedad, dándole al acto la categoría propia de un teatro y ahí es donde se definen los que se diferencian del resto. En la primera mitad, además de la malagueña sonaron los tientos y tangos, la soleá y los abandolaos, estos últimos escritos por Rafael Fernández Suárez ‘El Nene’, afamado letrista gitano de Jerez que nos dejó de forma dolorosa en 2006. Aunque lleva el sello lebrijano en su metal, José crea su propio arquetipo desde el paseo por las distintas escuelas geográficas del cante dando razones para la ovación.

En la segunda mitad se quitó la chaqueta gris y dejó a relucir la corbata roja, e inició por tarantas. Tras las mencionadas alegrías llegó a la seguiriya, otro de los momentos de la ya noche del sábado. La fuerza de su ser se derramó por la boca inundando de tragedia los muros del lugar reivindicando el papel que juega su nombre en la actualidad flamenca. Ya por bulerías se levantó y volvió a arrancar los olés del público. Hubo un aficionado que le dijo “¡por Jerez!” y él, con mucho arte, le contestó: “vamos a quedarnos en Lebrija”, como debía ser.