El menor de la familia Rubichi, que parece tener mucho que decir con su cante, dio a conocer públicamente el contenido de su primer trabajo discográfico, ‘En el nombre de un barrio’. Lo hizo en Los Claustros de Santo Domingo con un público que lo acompañó a medias, pues no se llenó la sala al completo, medio aforo. Por otra parte, y es una apreciación personal lejos del nivel artístico de Tomás, es importante para el público saber guardar silencio, en definitiva, ayudar al cantaor a que se concentre en su transmisión artística. La presentación del acto corrió a cargo del compañero José María Castaño, quien puso nombre al disco durante su grabación.

Centrándonos en lo meramente artístico, Tomás es un diamante de la Plazuela que tiene bastante camino por recorrer, pues sin duda, ha heredado una manera de decir el cante que no todos los que actualmente se dedican poseen. Es un talento que debe aprovechar lo que Dios le ha dado y lo que sus genes les han aportado. Mantuvo un altísimo nivel en cada interpretación. Desde la soleá, cuajada de manera contundente, hasta las seguiriyas. Su personalidad, tímida e introvertida, fue paulatinamente acaparando pellizcos dejando constancia de que es un gran cantaor.

Las guitarras de Domingo Rubichi, sobre todo, y de Juan Diego Mateos, tuvieron clara presencia en el escenario. También contó con las palmas de Rafael Ramos, José Peña, José Rubichi y Ali de la Tota. Buen compás por alegrías y tangos. Una amalgama de cantes que hace constatar su amplio registro cantaor.

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Paco Barroso

Contó con colaboraciones de lujo. La de Antonio ‘Agujetas’ fue la más notoria, más que nada, por el tiempo que estuvo en el escenario. Casi medio recital ofreció el hijo del más grande. Antonio de los Santos, ‘El Brujo de la Plazuela’ (sobrenombre que utiliza el que escribe estas líneas para referirse a este cantaor tan misterioso), es un cantaor que siempre se presta a colaborar con quien lo precisa. De sentimientos nobles, derrochó sapiencia por soleá, malagueña, fandangos y martinetes, éstos últimos, compartidos al alimón con Tomás, al que vimos inmenso en estas lides. Por bulerías recordó los cantes de sus ancestros. Desde luego, son bulerías que se rescatan de un tesoro valioso e histórico. Bien por Tomás. Ahí contó con la presencia de su mujer, Virginia de los Santos, y la de su hijo Bernardo, que dejó boquiabierto al respetable por su manera tan ancestral de interpretar los cantes de su gente a edad tan corta.

Faltaron Rancapino y el piano de Antono ‘El Musiquita’, pero a decir verdad, nadie los echó en falta, pues Tomás supo llenar el escenario con un cante que emana de la fuente más prestigiosa de los cantes plazueleros. Y como dijo aquel, caminante no hay camino, se hace camino al «cantar», y Tomás debe estar en ese camino por su calidad como cantaor.

TEXTO: JUAN GARRIDO

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