Quizás debería ser lo normal, lo habitual, lo lógico. Encontrarte con artistas de esta mentalidad y expresividad cantaora no tendría que ser noticia, no debería sorprender. Pero asombra, y mucho. Estamos ante la reencarnación, en alma, de los grandes del cante gitano. Nos recuerda por momento a Antonio Mairena, Manuel Torre o Juan Talega, pero todo lo que interpreta tiene sello personal y por eso evitamos hablar de estilos, él crea de lo ya creado un propio discurso.

Tras triunfar en la Bienal de Sevilla y recién llegado de Madrid, el algecireño Perico ‘El Pañero’ continuó con el ciclo Exaltación de la Bulería en la peña del mismo nombre mostrando su peculiaridad cantaora. Tiene una manera de entender lo jondo que no es habitual a estas alturas. Su alto grado de afición y sensibilidad a lo que hace tienen como resultado la exclusividad de lo hablado. Su cante es, por tanto, el resultado de un recogimiento tan profundo que sólo lo que vive en sus entrañas tiene la posibilidad de vivir.

La entidad de La Plazuela apostó por un cantaor de corte clásico que pudo congregar a un alto número de aficionados y peñistas. En la sala se encontraban, entre otros, Rafael Lorente, Ramón Soler, Juan María de los Ríos, Alfonso ‘El Mijita’, Antonio Higuero, Periquín, Mateo Soleá, Benito Peña, El Pijo de los Chalaos, El Gordo del Tío Juane, Antonio Benítez de Los Cernícalos, amigos de la Sociedad del Cante Grande de Algeciras, aficionados de Málaga… todo para recibir a Perico.

No defraudó porque desde primer momento quiso apostar por la grandeza de la soleá, que a medida que la interpreta escala puestos en la transmisión. Para tal efecto, el del triunfo pleno, tuvo que rodearse de una guitarra capaz de extraer lo mejor de un cantaor, exprimirlo, valga la expresión. Domingo Rubichi estuvo a un nivel impresionante en las tareas de acompañamiento y fue, al parecer, quien llevaba las riendas de la actuación.  Por tangos, con aires trianeros, fue mostrando su diversidad en registro. Mostró personalidad a raudales en los tarantos de después, al igual que por fandangos.

La segunda parte, con el público más ‘calentito’, se inició por bulerías para escuchar, con un gusto exquisito. Compás y ritmo para entrar de lleno en la seguiriya. Y ahí hay que pararse. Perico es de esos cantaores que detestan lo superficial del arte, que huyen de lo banal e insignificante, que reniegan de la imagen para centrarse en lo interior, en los reaños, en ir al meollo de la cuestión. Se agarra la chaqueta y se revuelve en el macho de Manuel Torre. Queda que Domingo le haga llorar. Dos martinetes de fragua pura sirven de machetazo absoluto. Por bulerías se levanta, toca el palillo y bracea en la misma línea que canta, desde la difícil sencillez. Se suma a la fiesta su hermano José, otro diamante. El público pide un bis porque aquello no se veía en Jerez hacía muchos años.

Domingo Rubichi acompañó el cante de El Pañero. Foto: Javier Cala.

Domingo Rubichi acompañó el cante de El Pañero. Foto: Javier Cala.